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Lawrence  

Lawrence

A day in the life

Mule Musiq

8

Ambient

Vidal Romero

 

Aunque casi siempre había bordeado el territorio del ambient –los ritmos, en la mayoría de sus discos, funcionan antes como una extensión del andamiaje melódico que como elemento de conexión con la pista de baile–, el productor alemán Peter M. Kersten nunca se había atrevido a lanzarse del todo a la particular piscina del género. Las razones para esa falta de arrojo no están claras; quizás, tipo listo, sabe que tanto la supervivencia de su sello (el exquisito Dial) como su propia carrera dependen más de la presencia en la cabina de un club que de la venta de discos. O quizás se trata de una simple cuestión de respeto; de saber que resulta mucho más sencillo engarzar un puñado de acordes y melodías alrededor de un bombo a negras que dar forma a un tema de naturaleza abstracta, no digamos ya los suficientes como para completar un disco completo.

 

La génesis de “A day in the life”, el sexto álbum que Kersten firma como Lawrence, parece indicar que la realidad es una mezcla de esas dos motivaciones. Por un lado, se trata de una colección de piezas escrita a salto de mata, aprovechando los muchos ratos libres que dejan las giras y los viajes para pinchar por esos mundos de dios. Una condición fragmentaria que no se intenta ocultar: no existe un sentido de ilación general dentro del disco, ni a nivel de sonido ni a nivel de concepto. Antes bien, los temas se van sucediendo con una cierta ligereza, viñetas efímeras y etéreas que se escurren delante mismo del oyente. Por otro lado, el autor insiste en reconocer el carácter excepcional del artefacto al señalar que está dedicado a dos de sus amigos más íntimos, el diseñador Stefan Marx (autor de la delicada portada) y el productor Toshida Kawasaki (dueño de Mule Musiq, el sello que lo publica). Dos tipos que, según parece, han tenido un peso importante en la gestión y elaboración de “A day in the life”, como si el propio Lawrence quisiera sacudirse de algún modo la responsabilidad última de haber producido un disco en el que no hay ritmos y que no parece tener mayor intención que celebrar la belleza porque sí. Algo que no debería ser un problema, porque después de todo hablamos de música contemplativa.

 

Música contemplativa, y también con un definitivo aire clásico. Clásico, en el sentido de que hay algunas piezas en el disco que recuerdan al ambient primitivo que facturaban Brian Eno o Cluster en la década de los setenta –ahí está la explícita “Fainting” para demostrarlo, una pista que parece escrita a la sombra de “Zuckerzeit” (74)–, y otras en las que reverberan ecos del ambient techno de los noventa (piensen en Pete Namlook o en The Irresistible Force), como la muy acuática “Dreams are dead”. Referencias que comparten espacio con gestos típicos de Lawrence (“Lucy, Lucy” o “Blue mountain” contienen desarrollos melódicos que llevan claramente su firma), y que dan al disco un interesante aire atemporal. Una sensación a la que ayuda mucho la delicada gestión del sonido, en la que importan más la manera en la que se manipulan los dinámicos y la forma en la que se construyen las melodías (que parecen trazadas con absoluta naturalidad, con un curioso sentido de la cinemática), que la presencia de elementos rítmicos. De hecho, los ritmos apenas asoman de manera casual en tres de los temas incluidos aquí: en “Nowhere is a place” y “Blue mountain”, que contienen algunos instrumentos de percusión oriental –lo que, por cierto, le da al primero un cierto aire a gamelan y al segundo un curioso aire naturalista-, y en el muy bonito “Lost in joy”. Un tema que cierra “A day in the life” entre pulsos de naturaleza digital, broche perfecto para un disco repleto de secretos y bonito hasta decir basta.

 

Vidal Romero

Como todos los antiguos, Vidal Romero empezó en esto haciendo fanzines (de papel) a mediados de los noventa. Desde entonces, su firma se ha podido ver en infinidad de revistas (Go Mag, Rockdelux, Ruta 66, Playground, aB, Era y Clone entre muchas otras) y algún que otro periódico (Diario de Sevilla, Diario de Cádiz). Es también uno de los autores del libro “Más allá del rock” (INAEM, 08) y ha trabajado como programador y productor para ciclos de conciertos y festivales como Arsónica, Territorios o Electrochock (US). Incluso le ha quedado tiempo para ayudar a levantar España ladrillo a ladrillo con lo que es su auténtica profesión: la arquitectura. Es uno de los mejores analistas de música electrónica de este país.

 

vidal@blisstopic.com