Menu
ariel-pink  

Ariel Pink

Pom Pom

4AD

7,7

Pop psicodélico

 

Brais Suárez

 

"Pom Pom" es algo así como una pulsera o un collar: prescindible, pero muy agradable si suena cuando debe; una joya para ocasiones muy determinadas, incluso. A todas luces tiene un aire excéntrico que no deja indiferente, pero que también hay que saber llevar. Además de excéntrico es, ante todo, incoherente y ahí radica su encanto. Lejos de formar un conjunto estable y lógico, oscila entre géneros, se encapricha en arrebatos de esquizoides onomatopeyas y se suaviza después con melodías tiernas y delicadas, pero siempre sacando brillo a cada terreno. Personalidad y naturalidad, en otras palabras.

 

Así empieza “Plastic Raoincoats In The Pig Parade”, con el tono infantil de aquellos Blur que se pasean por el parque, un tono que se convierte ya en burlón, medio sátiro, con la especie de punk setentero de la peculiarísima “White Freckles”, que ya deja intuir los ritmos y sonidos soviéticos que se definen en “Four Shadows”. Ahí se abre el verdadero filón del disco, que se vuelve algo más oscuro, adquiere un carácter nocturno de pub suburbial, un ambiente confuso con su mezcla de coros, voces graves y una percusión contundente que maneja toda la escena. También sus sonidos de sintetizador ochentero, los ecos y una suerte de viento que pone el toque armónico consiguen configurar una escena que evoca a aquel "Low" de Bowie gestado a medio camino entre Varsovia y Moscú. Hay algo desesperanzador mientras Ariel Pink describe cómo se limpia los dientes antes de pintarse los labios en “Lipstick”, una desazón rápida y ágil, también intrascendente, que se culmina totalmente con “Not Enough Violence”. Exquisita. Medio punk, también mucho más melódica que el punk, más sutil, más oscura, pálida como la piel del mismísimo Ian Curtis. Epiléptica también como el inglés de los Joy Division, incluso. Y la percusión observando desde el final, rasgada como la sensación de soledad que infunde lo desconocido del otro lado del telón.

 

 

Después volvemos a la Inglaterra soleada de Blur. Se permite Ariel Pink algunas asonancias, pero la base es más simple, más cuerda, más estándar, y entre esta simplicidad y los sonidos tan característicos de las primera parte del disco va jugando con su voz en absoluto bonita, pero totalmente plástica, elástica y variada. Variado es también el registro del álbum, pues en “Nude Beach A Go” ya vuelve a las excentricidades y se mete de lleno en un rock más garagero con “Goth Bomb”, con unas guitarras que no dicen nada de nada. Y de nuevo más allá de los Urales con una trompeta de encantador de serpientes en la larguísima disquisición de “Dinosaur Carebears”, que roza la lisergia del estilo de música de videojuego.

 

Ahí es cuando uno se da cuenta de que, o bien se es un genio para hacer que tanta extravagancia tenga algún tipo de sentido, que no es el caso de Pink, o bien se tiene mucho valor, que sí el caso de Pink. Un mérito, en cualquier caso, abalado por una larga carrera de antojos musicales y apetitos salvajes, que en “Sexual Athletics” y hacia el final consigue decorar con reminiscencias funk, aunque de por medio incurra en nuevas extravagancias molestas: “Jell-o”. Es inevitable, entre tanta psicodelia experimental, caer en las rarezas a veces desagradable de otros elementos subversivos de esta música superficial, a lo John B.

 

El single, “Picture Me Gone”, desmerece por completo al disco por lo plano que resulta. Es una buena muestra de los sonidos que se consiguen, de la armonía de sus mejores momentos y de su carácter oscilante entre lo tenue, lo oscuro y lo celestial de esos coros de iglesia, pero no alcanza ni por asomo el atractivo de “Not Enough Violence” ni la personalidad de las últimas “Exile On Frog Street” y “Dayed In My Daydreams”, que cierran la escena con un buen sabor de boca, con ese poso placentero que dejan todas esas partículas cotidianas que, sin ser vitales ni imprescindibles, alegran la existencia.

 

Brais Suárez

Brais Suárez (Vigo, 1991) acaba de estrellarse con su idea de vivir escribiendo aun sin ser escritor. Dos periódicos gallegos se encargaron de dejarle claro que mejor le iría si recordara mineralizarse y supervitaminarse, lo que intenta gracias a colaboraciones esporádicas con algunas revistas y otros trabajos más mundanos que le permiten pagarse su abono anual del Celta y un libro a la semana. Por lo demás, viajar, Gatsby y estroboscopia lo sacan de vez en cuando de su hibernación.