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Melvins

Hold it in

Ipepac

6,6
Metal punk pop

Albert Fernández 

 

 
Melvins son unos heavys irredentos e incontenibles, por eso me caen bien. Recién celebrados sus 30 años de historia, Buzz Osborne y Dale Crover siguen destilando el sonido de su metal, entregándose a la teatralidad de sus interpretaciones de serie B, y descargando la misma irreverente energía de sus inicios, tan pertinaces con su broma que siempre encuentran alguien que se la ría.
 
Y si eso sucede, si todavía les seguimos el juego a estos viejos lobos expertos, es porque aún son capaces de darle substancia a sus alardes de guitarreos y ritmos metaleros, pesados ahora, ligeros y contagiosos luego. "Hold it in" da con los de Washington en un envidiable estadio de euforia, con una nueva formación derivada de los lances en los que Buzzo y Crover se han visto envueltos durante 2013, el año de su 30 cumpleaños, campaña en la que Melvins tuvieron tiempo de sacar un irregular disco de canciones propias ("Tres cabrones", Ipepac, 13) y otro, entretenido, de versiones ("Everybody loves sausages", Ipecac, 13), amén de alistar en sus filas al bajista JD Pinkus y al guitarrista Paul Leary de Butthole Surfers, e incluso de versionar la popular “Graveyard", de los mismos Butthole Surfers, en medio de una horda de niños fascinados con una caravana que regalaba helados gratis. 
 
 
Porque en el festival de Melvins todo vale. Así que cuando uno destapa un disco como éste y empieza a sonar una pieza tan ortodoxa y decidida, pero al tiempo desacomplejada y sonriente, como "Bride of Crankenstein", se hace imposible no soltar cierto suspiro de alivio, y alegrarse de que siga ahí lo único que de veras inerva el genoma de una banda como la de King Buzzo. Hay algo sardónico y maligno que habita en los sonidos de una canción así, una especie de fiebre de guitarras siniestras y baterías asfixiantes, que, junto con la forma más ruda de cantar y vocear, enmarcan un rugido perverso, primitivo y trival, una enfermedad por la que siempre nos hemos sentido atraídos, poseídos, como si nos inocularan una legión de virus con púas y escamas, que, en sus sacudidas microscópicas, se hicieran notar, preponderaran y nos transformaran en otra cosa, algo brusco, básico y obstinado, totalmente opuesto a la gente sofisticada que postula sus satisfacciones melómanas únicamente en torno a las últimas inspiraciones del horizonte electrónico y avanzado. 'Spinning 'round the wrong way', ruge Buzzo. Cómo no ser adicto a eso. 

 

En esas, eso sí, los vocoders y las guitarras ligeras de "You can make me wait" irrumpen como una gran broma, y tal vez no acaben de convencer, pero hacen dibujar una sonrisa por la osadía y la pátina de transgresión estilística. Bastante más interesante resulta el equilibrio inestable y el juego de tensiones de "Brass cupcake", donde se enlazan guitarras indies contagiosas, en versos donde la voz de Osborne suena serena y épica primero, para desatarse y desgañitarse luego con una réplica de fraseos estridentes y rasgueos encabritados, hasta el momento en que esos relevos nerviosos se abren a un horizonte de acordes metaleros, que llevan la canción a otro lugar totalmente diferente, igualmente fascinante. King Buzzo lleva sus chanzas tan lejos como puede y, en canciones como ésta, los resultados son memorables.  

 
Desde su vacilón título, "Onion makes the milk taste bad" apuesta por un engorilamiento sobre ritmos pesados y pasados, mientras que los juguetones acordes, coros y handclaps de "Eyes on you" y "I get along (hollow moon)", mucho más en la línea Butthole Surfers, proponen otra cosa, la idea de un disco animado y juguetón, donde cabe todo mientras el carácter de la canción sea hipnótico o contagioso, y la mixtura se dé siempre con un sonido a medio camino entre la determinación y lo desaliñado. Parte de la gracia se pierde en los histrionismos y esa cierta insistencia camionera fuera de tono de "Sesame street meat" o en los derroteros dispares de una canción como "The bunk up", donde la forma de vocear de Buzzo aflora casi como una increpación satánica y arrolladora, hartamente parodiable. El final con "House of gasoline" es una invitación a la demolición, a la descarga y la furia, que en su meridiano se detiene para entregarse a una dinámica entretenida de bajos, rasgueos y baquetas enervadas, mientras de fondo se entreteje una tormenta que derivará en una descarga de estática excesiva. Pero es que estos hombres ya no están para aguantarse nada: Melvins mean todo lo que beben.  

 

El cuaderno de ruta está muy claro. Mandan las guitarras lacerantes, que avanzan sobre pautas rítmicas opacas e incesantes, y, siempre que se pueda, se alcanzan cúspides donde las cuerdas se templan sobre el mástil con un sonido trémulo y antiguo, o se abre el sonido a nuevos espacios lisérgicos donde el bajo y la batería toman las riendas de la cabalgada para atravesar ríos de extrañamiento. Pero, si no sucede nada de todo eso, tampoco importa. Melvins siguen siendo felices, porque lo único que intenta "Hold it in" es precisamente eso, preservar intacto y mantener bien adentro algo de lo que les ha hecho ser mitos. Y luego miccionarlo haciendo eses con la chorra.  

 
Albert Fernández

En el desorden de los años, Albert Fernández ha escrito renglones torcidos en publicaciones como Mondo Sonoro, Guía del Ocio o Go Mag, tiempo en el que ha tenido oportunidad de ir de tapas con Frank Black o escuchar a Patrick Wolf bostezar por teléfono. Además, ha sido jefe de redacción de las secciones culturales de H Magazine, y ha aportado imaginación tras los micrófonos de Onda Cero, Cadena Ser y Scanner FM, donde facturó la sitcom musical de creación propia “2 Rooms”. Aunque sabe que no hay lugar mejor que aquel de donde viene, a Albert no le hubiera importado nacer en Gotham City o en el planeta Dagobah. Con tendencia a la hipérbole y a la imaginación desatada, Albert sigue buscando el acorde que dé la vuelta a sus días.

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albert@blisstopic.com

 

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