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Scott Walker & Sunn O)))

Soused

4AD

9

Distopía emocional

Vidal Romero

 

No es la primera vez que cuento esto, pero si existe en “30th century man” (06), ese impagable documental que cuenta el proceso de gestación de “The Drift” (06), un momento particularmente impactante, ese es cuando Scott Walker alecciona a uno de sus músicos acerca de cómo tiene que golpear un costillar de vaca para obtener un determinado sonido; un sonido que, muy posiblemente, sólo existe en su cabeza. La escena es reveladora porque muestra el elevado nivel de obsesión, esa enfermiza búsqueda de la perfección, en la que Walker se abisma cada vez que graba un disco. Y también porque permite intuir cuál es el extraño mecanismo que sigue a la hora de dar forma a sus canciones; canciones que son como retablos barrocos en los que cada pieza (cada sonido) es un enigma. Que funcionan como un extraño babel, en el que todos los elementos parecen hablar un idioma diferente, pero que al mismo tiempo, y por algún misterioso acto de alquimia, dialogan entre sí, encajan con la precisión de una maquinaria suiza.

 

Esta actitud respecto a la música contrasta vivamente con la que mantiene Sunn O))). Y es que la banda que dirigen Stephen O’Malley y Greg Anderson lleva años intentando deshacerse de todo lo superfluo, mordiendo las aristas del sonido hasta quedarse con el mismo hueso. Con una sustancia seca y cruda en la que apenas caben distinguir tonos o notas: antes bien, todo es como un gran drone, que ocupa y arrasa el espacio a su paso. Una masa de ruido primordial que igual admite la presencia de orquestaciones alucinadas –ahí está el inmenso “Monoliths & dimensions” (09)- que se descompone en forma de psicodelia líquida, como sucede en “Terrestrials” (14), esa hipnótica joyita grabada a medias con Ulver. Eso sí, ninguno de esos dos caminos parecía el más apropiado para dar cobijo a la voz de Scott Walker, que en los últimos tiempos viene utilizando técnicas casi operísticas –lo más cercano sería la apabullante “Big church”, del primero de esos dos discos, una canción en la que resuena un coro de trazos medievales-, pero que al mismo tiempo se desbocaba con una libertad cercana al free jazz. Así que sobre el papel “Soused” resultaba un rompecabezas de difícil encaje, la colisión de dos universos tan personales y bien definidos como alejados entre sí.

 

Cualquier duda en ese sentido desaparece, sin embargo, en cuanto comienza a sonar “Brando”, el tema que abre “Soused”. Hay por supuesto un drone que ocupa todo el plano de fondo, y por supuesto Walker comienza lanzando gritos con su timbre de barítono. Pero después de ese golpe inicial aparecen progresiones de acordes casi convencionales, aparecen guitarras que se mueven en oleadas y, sobre todo, melodías de voz. Melodías de voz: es decir, el crooner vuelve a cantar como si fuera un crooner, y no una máquina de escupir disonancias y piruetas vocales. Y todo eso convierte a “Brando” en una criatura extraña; en una versión domesticada, mucho más accesible, de alguno de los cortes que contenían “The drift” o “Bish Bosch” (12). Incluso algunos de los ruidos y efectos especiales que Anderson y O’Malley escupen en los interludios instrumentales parecen estar inspirados en los muchos sonidos, de carácter metálico y origen indeterminado, que pueblan esos dos discos.

 

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Herod 2014”, justo después, insiste en ese mismo sonido metálico, y le añade todo un catálogo de cuidados efectos sonoros: hay lo que parecen lamentos faúnicos, hay ecos de madrigales, hay ruidos que se repiten con inquietante frecuencia, hay percusiones que resuenan desde la lejanía. Es una masa de bordes espectrales y difuminados, sobre la que se levanta la voz de Walker exhibiendo una elegancia insultante. Un recurso que ha utilizado muchas veces a lo largo de su carrera (ahí están canciones tan antiguas como “Dealer” o “It’s raining today”), aunque casi nunca con una instrumentación tan radical. Y de nuevo sorprende que la voz se mueva en un registro tan asequible y cercano, tan propio de otras épocas. Es un poco como reconocer el viejo cuerpo de un amante, muchos años después del último encuentro.

 

Las cosas cambian con “Bull”: su comienzo, y los posteriores asaltos climáticos que puntean la canción, no andan demasiado lejos de ese blues enfermizo en el que gustan revolcarse Diamanda Galas o Lydia Lunch; momentos que se alternan con fragmentos de elevada carga atmosférica en los que Walker casi se ve obligado a recitar, en un estilo no muy lejano al del spoken word. De algún modo, es este el momento en el que Sunn O))) saca a relucir su impronta con una mayor claridad, obligando a su invitado a relajar su discurso y a dejar de lado sus excesos. Una manera de equilibrar fuerzas después de un principio en el que todo el peso lo llevaba Walker, y antes de afrontar un final de disco en el que se esconden los mejores frutos de esta colaboración.

 

Fetish”, por un lado, es una canción-río; una sucesión de eventos sonoros, sin conexión aparente (sólo tras varias escuchas se comienza a vislumbrar el extravagante hilo conductor, la ambiciosa mutación de formas que se va produciendo delante del oyente), sobre la que Walker va elaborando una serie de variaciones melódicas. Es la perfecta comunión entre banda y cantante: nueve minutos absorbentes e hipnóticos a pesar de sus formas mutantes; un auténtico prodigio que continúa en “Lullaby”, el número final. Disperso primero, casi coqueto con el silencio, estalla de repente en una orgía de guitarras chirriantes, drones avasalladores y orquestaciones escenográficas: todo el negro sentido del humor, toda la particular teatralidad de Walker, atrapada en una vorágine de ruido ominoso y deriva sonora. Es la perfecta conclusión para un disco que va mucho más allá de la simple colaboración, porque reúne lo mejor de los dos artistas y además lo hace limando asperezas, intentando resultar accesible (siempre teniendo en cuenta, eso sí, quiénes son los autores: los amantes de Camela y Víctor Jara harán bien en mirar hacia otro lado), pero sin realizar ningún tipo de concesiones. Es uno de esos discos a los que acudir una y otra vez; uno de esos discos que mutan en función del estado de ánimo con el que se encara y que siempre regalan al oyente atento pequeños detalles, pequeñas maravillas que habían permanecido ocultas hasta ese momento. Se trata, en fin, de una de las mejores cosas que le han sucedido a la música en este 2014.

 

Vidal Romero

Como todos los antiguos, Vidal Romero empezó en esto haciendo fanzines (de papel) a mediados de los noventa. Desde entonces, su firma se ha podido ver en infinidad de revistas (Go Mag, Rockdelux, Ruta 66, Playground, aB, Era y Clone entre muchas otras) y algún que otro periódico (Diario de Sevilla, Diario de Cádiz). Es también uno de los autores del libro “Más allá del rock” (INAEM, 08) y ha trabajado como programador y productor para ciclos de conciertos y festivales como Arsónica, Territorios o Electrochock (US). Incluso le ha quedado tiempo para ayudar a levantar España ladrillo a ladrillo con lo que es su auténtica profesión: la arquitectura. Es uno de los mejores analistas de música electrónica de este país.

 

vidal@blisstopic.com