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The War On Drugs

Lost in the dream

Secretly Canadian

7

Stadium rock

Albert Fernández

 

Pensaba que esta vez sería diferente, más fácil, algo ligero. Escuchaba el nuevo single de The War On Drugs en el autobús, avanzaba entre baches y socavones a través de calles atestadas de bocinas sobre los acordes masivos y optimistas de “Red eyes” y sentía una ligereza motivadora. En principio, eso parecía: el nuevo disco de los de Philadelphia era mucho más accesible, más nítido que sombrío, y apelaba al viejo rock de siempre, ese que nunca falla. El bus llegaba a mi parada.

 

Los discos de The War On Drugs siempre han estado sumidos en aureolas espaciales o capas de reverberaciones que los volvían más o menos sobrecogedores, pero sobretodo brumosos y etéreos. Con “Lost in the dream”, las melodías se han liberado de cargas y matices, han perdido la ambivalencia entre la robusta solidez lacónica o las etapas gaseosas, para volverse algo voluble, a flote, que mezcla extrañamente con los dejes acostumbrados de la banda. En este disco, la música de The War On Drugs ha emulsionado, y cada corte se dispersa en un mar de influencias, pero sin perder su cohesión interna. “Lost in the dream” es como una gota de aceite dentro de un universo acuoso, de referencias transparentes.

 

Después de años de explorar oscuridades intrínsecas y formas experimentales, Adam Granduciel ha encontrado su zona de confort en el rock y el pop mainstream. Con la sombra de Kurt Vile todavía planeando sobre  algunas de sus composiciones, el vocalista de la banda prefiere entregarse a aquello que adora y dominarlo, antes que darle la espalda a algo. Sus nuevas canciones van directas al grano, y en su esencia muestran la gracilidad de Dylan, punteos, acentos, fraseos y progresiones plagiados a Mark Knopfler, y también atisbos de Springsteen o Tom Petty. No hay subterfugios, es así, simple y llano: los parecidos en algún tramo alcanzan el grado de imitación. ¿Debería avergonzarse un músico tan experimentado como Granduciel de rendir tributos tan descarados a algunos de sus pilares musicales? Tal vez, si no demostrara una maestría generosa al hacerlo; tal vez, si no hubiera logrado un disco tan disfrutable como este. 

 

 

 

Seguir la corriente principal como solución a la angustia vital, y a las torsiones de la inspiración: esa es la receta. “Lost in the dream” respira el alivio de quien ya no se preocupa por guardar las apariencias, y eleva su cancionero, mainstream, sí, pero sentido y capaz, a altas cotas de épica y habilidad.

 

“Under the pressure” es la típica canción que pondría de acuerdo generaciones alrededor de una mesa con música de fondo, tan sosegada y disfrutable como evidente, como carismática. Es fácil de escuchar, y constituye una buena pista de lo que este disco alcanza a plasmar en gran parte de sus compases. La simpleza de “Red eyes” engatusa al más despistado, y “An ocean in between the waves” es puro Dire Straits.

 

Las líneas de bajo y sintetizadores de “Disappearing” se te enredan al estómago, y los botes de percusión de ésta y otras, como “Burning” –que se ha comparado repetidamente con “Dancing in the dark” por algo-, traen la idea de puro hedonismo revienta-estadios.

 

Pero en realidad no todo es tan fácil en “Lost in the dream”. Toda esa línea de flotabilidad mantiene en superficie gran parte del cancionero, pero, en cortes como el que da título al disco, o la canción que cierra el álbum, “In reverse”, la melancolía de Granduciel aflora y, paradójicamente, el disco se sumerge en las fosas abisales. El intervalo cortante de rasgueos, ecos, y ambientes espectrales que conforman la instrumental “The haunting idle” más el inicio trémulo y palpitante de “Burning” producen escalofríos de inquietud.

 

Hay algo que reconforta en el último de The War On Drugs, viejas canciones cantadas y tocadas como siempre, con un aliento álgido y contagioso. Pero en sus tramos finales, el disco navega al borde de algo cortante, mucho menos accesible: pura y jodida tristeza. Siempre hay baches y bocinas.

 

 

 

Albert Fernández

En el desorden de los años, Albert Fernández ha escrito renglones torcidos en publicaciones como Mondo Sonoro, Guía del Ocio o Go Mag, tiempo en el que ha tenido oportunidad de ir de tapas con Frank Black o escuchar a Patrick Wolf bostezar por teléfono. Además, ha sido jefe de redacción de las secciones culturales de H Magazine, y ha aportado imaginación tras los micrófonos de Onda Cero, Cadena Ser y Scanner FM, donde facturó la sitcom musical de creación propia “2 Rooms”. Aunque sabe que no hay lugar mejor que aquel de donde viene, a Albert no le hubiera importado nacer en Gotham City o en el planeta Dagobah. Con tendencia a la hipérbole y a la imaginación desatada, Albert sigue buscando el acorde que dé la vuelta a sus días.

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albert@blisstopic.com