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Joana Serrat

Dear Great Canyon 

El Segell del Primavera

9

Americana

Albert Fernández

 

Como quien regresa de un largo viaje, y lo mismo amanece con la necesidad de partir, Joana Serrat nos devuelve a sus dominios sonoros con canciones que se mueven sin respiro, por profundas que sean las raíces que las hicieron nacer.

  

“Dear Great Canyon” es un sueño errante, que a menudo suena como un suspiro de meditabundo, pero a veces como una urgencia, y otras como un remolino íntimo. Aunque siempre con la intensidad que solo pueden traer los vientos que atraviesan llamas. Fulgores de verdadera música, en un disco que habita los territorios del sonido americano mejor entendido, con rasgos de rock, folk y pop enhebrados bajo una sensibilidad unívoca. Se trata sin duda de una travesía enriquecedora, no en vano los compañeros de este viaje han sido gente del talento de Howard Bilerman, productor conocido por sus tareas junto a Arcade Fire o Godspeed You! Black Emperor, el también canadiense Gavin Gardiner, miembro de The Wooden Sky, que contribuye con todo tipo de interpretaciones e intuiciones, más las artes de Toni Serrat, David Soler, Edu Martínez, Marçal Ayats, Carla Serrat, y la contribución compositiva de David Giménez en algunos cortes. El resultado es un cancionero que se resuelve mediante una ambivalencia del relieve, y se divide en un Mountain Side y un Valley Side, porque sus melodías lo mismo se vuelven álgidas que crepusculares, y saben avanzar al trote o al galope a través de riscos y llanos.

 

“Flowers on the hillside” es el despertar del disco, un punteo leve que abre un espacio para la voz de Serrat, y el cercano rebullir de bombos, platos, teclas y otras cuerdas que, poco a poco, forman una aureola íntima y sosegada, la cual, tramo a tramo, crece y alcanza la trascendencia de quien está a punto de abrir la puerta y llegar tan lejos como sepa caminar. En su crescendo, las guitarras ululan y un cello estremecedor nos trae aullidos que erizan la piel. “The Blizzard” es otra canción que nace al alba, en versos que alcanzan unos agudos dolientes y hermosos, sobre el paso grave de unas percusiones que se abren a un gran páramo de coros, en pasajes que firmaría el propio Morricone. De ahí, las tormentas se remueven, los lamentos se mezclan entre ecos, y se genera una maraña ambiental tan propia del cielo como del infierno.

 

“Green grass” inicia la verdadera carrera, alzándose sobre una melodía rápida y liviana, con el paso ligero de quien decide quedarse con el verde y olvidarse del barro por un día.  El estribillo acelera con un brillo pop contagioso, los pies se despegan del suelo, mientras las rítmicas y las notas del teclado y el steel guitar nos hacen levantar la cabeza hacia el cielo y pensar en las cosas que crecen bajo nuestros pies. Con esa misma intención de dejar las sombras a la espalda, “Stop feelin’ blue” se relame en la ironía de un blues-country-con-tono-de-nana-con-aire-de-crooner, que cuenta con la gentil ayuda de la voz de Víctor Partido, mientras los teclados le dan un cariz mágico a todo el satén melódico. “So clear” es otra gran cima de lucidez en el disco, una respiración intensa que eleva los espíritus al ritmo de sus puntos de elevación entre frases, unos ‘oh-oh-oh’ altamente coreables, siempre acompañados de un banjo trotón que le da a la épica un formidable reverso cándido.

 

Las perlas se suceden, ¡como dejarse alguna si nadamos en aguas de abundancia! “Summer on the beach” cierra la cara de montaña del disco con un downtempo delicioso, donde las baquetas caen espaciadamente, y un verso sencillo, gloriosamente ralentizado y perezoso, nos ciega con la belleza aturdidora de los rayos del sol más intenso en una playa vacía, con el mar en calma en pleno verano. De ahí, el camino desciende hasta rincones donde cuesta más encontrar la luz. “Cold” nos hiela con una caricia gélida y favorita, que se gesta mediante la conjunción cuidadosa de un banjo y las harmonías del pedal steel con los teclados. Por encima de todo ello, la voz de miel de Joana Serrat reina en todo el valle, y abre vías entre vapores. Lo mismo sucede en “The wanderer”, donde la guía del bajo y los matices de los punteos glorifican la aventura. “The secret (The low-down light)” es una pequeña canción de cuna, folk fantasmagórico para escuchar con la vela encendida y las cortinas echadas, quien sabe si con miedo a volver abrir los ojos cuando nos araña ese crepitar eléctrico final. “Yellow rider” nos pone de nuevo en el camino, con un estribillo levanta-mecheros, romántico hasta la médula, y un candor que suena a pureza, y “Place called home” le sigue a la zaga con retahílas de rock afilado a base de medios tiempos sugerentes, y una destilación de voces sencillamente apasionante. “Came out of the blue” cierra la marcha regresando al lugar de donde nunca nos fuimos, con el lamento herido de una canción que hace caer teclas y voces, convirtiéndolas en una lluvia de estrellas para nuestro oído. Hemos montado un caballo pardo, un campo nos ha atravesado el pecho, se nos ha hecho de día y de noche, hemos agarrado el viento y algunas gotas de lluvia, y queremos volver a escuchar todo eso: ese es el verdadero talento de Joana Serrat.

 

Las nuevas composiciones de la artista catalana respiran con el aliento de las grandes cumbres de la americana clásica, tensada con un nervio actual frente a un horizonte donde lo mismo cabe Bill Callahan que Neil Young, Neko Case o un eterno Dylan. Un horizonte siluetado con luces ocres, resiguiendo el perfil de un pico y una llanura.

 

Esa es la naturaleza de este disco. Hay un gran cañón, una montaña y un valle que se suceden, se entienden y complementan, para conformar un paisaje tan bello que desafía la mirada, y prende los anhelos. Sonidos que dibujan todas esas figuras en la distancia que están adentro tuyo, y nos devuelven allí donde siempre queremos ir: un sitio que no tiene techo, ni paredes ni puertas, ni sabemos lo que es. Un lugar que no es nuestra casa, pero al que siempre volveremos.

 

Comentarios
Albert Fernández

En el desorden de los años, Albert Fernández ha escrito renglones torcidos en publicaciones como Mondo Sonoro, Guía del Ocio o Go Mag, tiempo en el que ha tenido oportunidad de ir de tapas con Frank Black o escuchar a Patrick Wolf bostezar por teléfono. Además, ha sido jefe de redacción de las secciones culturales de H Magazine, y ha aportado imaginación tras los micrófonos de Onda Cero, Cadena Ser y Scanner FM, donde facturó la sitcom musical de creación propia “2 Rooms”. Aunque sabe que no hay lugar mejor que aquel de donde viene, a Albert no le hubiera importado nacer en Gotham City o en el planeta Dagobah. Con tendencia a la hipérbole y a la imaginación desatada, Albert sigue buscando el acorde que dé la vuelta a sus días.

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