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Mundial: Octavos 4

Un Mundial sin dueño

 

Textos de Brais Suárez y Albert Fernández.

Fotos Fifa.com

 

Cierto es que, en los dos enfrentamientos que cerraron las eliminatorias de octavos, acabó primando la lógica, pero no menos cierto es que tanto Argentina como Bélgica necesitaron del tiempo extra para deshacerse, respectivamente, de Suiza y Estados Unidos. Es más, la albiceleste parecía abocada a la lotería de los penales cuando una jugada de Messi (cuatro veces jugador del partido sobre cuatro posibilidades) fue culminada por Di María en el muy tardío minuto 118. Ni Brasil, ni Alemania, ni Francia, ni la citada Argentina han sabido imponer su autoridad. Sólo Holanda parecería un paso por encima del resto (aunque ya sabemos lo mal que se le dan las finales), pues Colombia sigue pendiente de encontrar a un rival de verdadera envergadura, Costa Rica es la sorpresa/víctima propiciatoria y Bélgica comienza recién ahora a justificar las expectativas. Hagan cuentas y verán que, ahora mismo, nos pueden salir tranquilamente cinco o seis candidatos al título. Está bonito, pues, el campeonato…       

 

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Argentina 1 – Suiza 0

(Di María 118’)

Se enfrentaban Argentina y Suiza, pero bastará saber cómo funciona la albiceleste para entender el partido. Argentina es algo así como una fábrica con distintas funciones que debe conseguir a toda costa, mediante el esfuerzo de sus ingenieros y obreros, que su gran máquina de producción, la Leo Messi 1987, funcione y produzca en masa el bien más valorado de la bolsa brasileña: el gol; un par de asistencias claras, en su defecto. El problema es que, al contrario de lo que a menudo ocurre en el ámbito industrial, a esta factoría no se le puede aplicar el atributo de eficiencia, ya que por cada 120 minutos de actividad, la máquina funciona durante 115 al ralentí y solo cinco a puro rendimiento, con energía y en sincronía con sus operarios. Sólo un descuido de los buenos relojeros suizos podía permitir, curiosamente, que los engranajes de la Messi funcionaran como es debido.

 

Por eso el papel de Suiza fue más testimonial, porque se limitó a padecer los achaques de Argentina y a aprovechar sus atrancos, especialmente en la primera parte. De inicio, los de Sabella resultaron ser una imprenta que fotocopió los planteamientos del resto de selecciones favoritas para ofrecer un fútbol cutre, regalando faltas constantemente y cediendo el protagonismo al segurata de la nave, un Romero no demasiado fiable que fue evitando como malamente pudo las llamadas de Suiza. Por lo demás, centros largos y un ritmo fuerte que en absoluto inquietaba la portería de Benaglio, peinado para la ocasión. En este punto, el planteamiento era un Messi VS Shaqiri, pero tras un pase de la muerte del suizo (la ocasión más clara del partido) que falló Drmic, los helvéticos pensaron que quizá la fotocopia podría salir defectuosa e imponerse a toda una candidata al título. Argentina se veía entonces obligada a sacar de la caseta a unos perros que la defendieron a base de faltas, mientras la Messi no acababa de arrancar, hipando, echando humo y sin engrasar. Posiblemente, se debía a que no estaba bien colocada, con tanto campo por delante y tantas vigas alrededor.

 

Pero, por suerte para los accionistas, las fotocopias empezaron a tomar sentido poco a poco, y el partido ya no era solo una réplica del resto de los de octavos, sino una imitación de los anteriores encuentros de Argentina. En el Mundial no hay especulaciones que valgan y los dos equipos se dejaron de contemplaciones a la vuelta del descanso; el talento empezaba a asomar tras la falta de fuerzas y ahí sólo había un ganador: el que tuviera la Messi y a su ingeniero Di María. Benaglio empezaba a lucir el moreno delante de las cámaras, maquillado con unas palomitas que más bien beneficiaban la imagen de una Argentina todavía improductiva. Con todo, la Messi ya empezaba a engrasar y cada vez era más palpable su potencial de pasar de fotocopiadora a apisonadora. Y esa es la imagen del partido: un rodillo, Argentina, que al principio tuvo demasiadas dificultades, pero que poco a poco pudo ir alisando el terreno. Suiza, montañosa ella, se resistía, pero aún le quedaba el peor castigo: la prórroga.

 

Empezó parsimoniosa. Se sentía qué pasaría, más que por sensaciones, por el oficio que los argentinos mostraban sobre los suizos, incapaces de acabar sus jugadas con claridad. Di María, dirigido por Messi, sí lo hacía. Y así llegó el gol. Alguien le dio una palmadita en el lateral a la Messi, como a una tele antigua, y de pronto se sintonizó. Cogió el balón, arrancó con más contundencia que nunca y esquivó el sablazo de un suizo que no consiguió hacerle la falta. Avanzó hasta el borde del área y vio que Di María lo estaba deseando, que se moría por marcar. Se la pasó y este marcó. 1 – 0. El partido recordaba a un mantel lleno de arrugas: por mucho que pasaba el rodillo, Argentina no era capaz de alisar el terreno, hasta que, llegando al borde de la mesa, conseguía planchar su imagen y aclarar su pase a cuartos. Era de esperar. Lo que no era de esperar era lo que sucedería en el descuento: Suiza sacó fuerzas de flaqueza, alguien centró al área, muchos saltaron y uno, Dzemaili, surgió por encima de todos para rematar al palo y no aprovechar el rechace. Por poco. El reloj se paraba en el 120, con una fotocopia perfecta del resto de octavos de final y también del resto de partidos de Argentina. La Messi fue suficiente para ir tirando, pero ya necesitó algo más a Romero y a Di María, sin molestarle la presencia de Lavezzi. Todavía le falta enfrentarse a la contundencia de otro “favorito”, a ver de qué lado cae la fotocopia. Brais Suárez

 

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Bélgica 2 – Estados Unidos 1

(De Bruyne 93’, Lukaku 105’, Green 107’)

¿Cuántas veces puede un hombre detener lo predecible? ¿Hasta qué punto se puede apelar a la fe, y la inevitabilidad de lo imposible? ¿Qué clase de artes oscuras confabulan para convertir un partido de fútbol en una encrucijada de vías muertas y metas inalcanzables? Ayer, en la Arena Fonte Nova de Salvador, Tim Howard hizo todo para convertirse en el nuevo y genuino Gran Héroe Americano, pero la noche tuvo tantos giros y requiebros como para convertir sus gestos de rabia, orgullo y guantes apretados en lamentos, amargor y recriminaciones miserables a su defensa. Los partidos de fútbol se deciden en un bar, y en el nuestro los ánimos, comentarios, alaridos, manos sobre la cabeza y golpes contra la mesa crecieron al endiablado ritmo del encuentro más vibrante de los octavos de final.

 

Tras una primera parte donde se pudieron ver algunas ocasiones puntuales en las botas de Origi y Dempsey, y se constataba que los dos equipos sobre el césped operaban a velocidades muy por encima de la media del campeonato, llegó el pitido de la reanudación y, con éste, el ciclón de fútbol más hermoso que se ha visto hasta ahora en el Mundial. La selección belga amaneció a la segunda parte decidida por fin a demostrar su calidad técnica y competitiva en esta competición, y el mundo quedó detenido una y otra vez en los guantes del sufrido guardameta del Everton. Howard afrontó estoico y sobrenatural el fusilamiento, se rió incontables veces de la muerte, mereció salir de aquel estadio sin camiseta, con la cabaza alzada y la mano en el paquete. Las botellas temblaban con cada ocasión, las cabezas se escondían entre dedos y codos, el miedo era más patente en cada grito: De Bruyne, MirallasOrigi e incluso el intermitente Eden Hazard se estrellaron contra las manoplas, las alargadas patas de araña y la determinación de Timothy Matthew Howard. La segunda parte pudo acabar en una goleada histórica, pero la fe del portero fue superior a la puntería de los Diablos Rojos, y la noche estaba cargada de tanta épica invertida que cualquier giro argumental se volvía factible. Como esa última ocasión, la única de los estadounidenses: la mano de Dios en el último segundo del tiempo reglamentario, poniendo un balón crucial entre Wondolowski y Courtois, sólo para que el delantero lo lanzara lamentablemente a las nubes, para verdadera desesperación de los true believers yanquis, que se desplomaban sobre la barra y los taburetes.

 

Toda la mística del cerrojo de marcador reventó en cuanto empezó la prórroga: Lukaku, rescatado en última instancia del ostracismo del banquillo, hizo llegar con habilidad y juego raso una pelota al área pequeña, para que el fenomenal Kevin De Bruyne batiera por fin al portero de EEUU, con ese gesto de Tintín impertérrito suyo. Alcanzada esa brecha, Lukaku aprovechó para deshacer su propio maleficio en este Mundial y poner el 2-0 en el marcador. Los suspiros americanos llevaban al gesto de desplome y a fumar en la puerta del pub, pero quedaban quince minutos de partido y, a la velocidad a la que circulaban el esférico y las ocasiones en el encuentro, incluso en el tiempo de prolongación, todo era posible. Y casi lo fue, después de que Green llegara fresco al área belga y clavara en la red el primer tanto de una hipotética remontada: las fanfarrias volvían a sonar, los muchachos se entonaron, Dempsey la tuvo en esa falta ensayada, que nadie desespere todavía, tenemos al American Jesus, el brujo gafe ha girado las manecillas circunstanciales, podemos aspirar a nuestro leap of faith clásico y eterno. Pero la fe llegó tarde y rota, y el milagro americano no se consumó. Bajen esas trompetas, levanten los fusiles: EEUU has left the building. Con esta última locura de octavos consumada, queda una pregunta flotando en  el ambiente: ¿cómo se resuelve un partido donde se baten una Argentina caminadora y una Bélgica que avanza a la velocidad de la luz? Albert Fernández

Redacción

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