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Mundial: Octavos 2

Robben quiere hacer algo grande

 

Textos de Toni Castarnado y Santiago García Tirado.

Fotos Fifa.com

 

El fútbol vivió, en esta segunda jornada de Octavos, uno de esos momentos luctuosos que se clavan como las espinas de un rosal amargo en el alma de quienes amamos el espectáculo asociado a este deporte: México cayó y, con él, se fue de Brasil su entrenador, Miguel Herrera, el hombre por quien nos pasaríamos cada partido, cualquier partido, pendientes de lo que suceda en la zona de banquillos antes que sobre el césped. Y sobre el césped sucedió, por cierto, que dominaron los aztecas durante sesenta minutos, que encontraron premio con un disparo lejano de Dos Santos, pero que de golpe les abandonaron las fuerzas y Holanda, llevada por el motor de Kuyt y los chispazos de Robben, ganó de penal justo bien entrado el descuento, culpa de uno de los dos tiempos muertos de refresco a los que obligó la humedad infernal de Fortaleza. En el otro encuentro, Costa Rica certificó su historia de amor con este torneo al eliminar a Grecia desde los once metros tras jugar casi una hora con diez y ver cómo los helenos les empataban también en el tiempo añadido. Europa pierde otro efectivo. Y van.   

 

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Holanda 2 – México 1

(Dos Santos 48’, Sneijder 88’, Huntelaar p. 94’)

Curioso duelo, en un nuevo cruce de dos selecciones con un historial en los Mundiales que serviría para escribir una novela. Holanda, el equipo sin el trofeo más deseado y que quizás más veces lo ha merecido, aunque por desgracia aún no luce estrella en el pecho, en su camiseta. Tal vez este año ocurra, el país con un fútbol más alegre y valiente desde que en los años setenta revolucionaran el método de juego de este deporte. Esa filosofía de que es mejor salir al campo a disfrutar que a sufrir. En cambio, México nunca estuvo ni cerca de oler la copa dorada, y no porque no haya tenido buenos jugadores, equipos con fuste. Incluso en dos ocasiones ha sido anfitrión, algo de lo que pueden presumir pocos países, pero ni eso. Eso sí, acogieron al mejor equipo que se haya visto durante unos Mundiales, el de 1970, con el Brasil de Pelé y compañía, con aquella histórica final contra Italia, y en 1986, gozando del jugador más extraordinario sobre una cancha durante un torneo corto como es este, Diego Armando Maradona.

 

Tras una primera fase en el que se dispararon las ilusiones, estuvieron a un suspiro de entrar en cuartos. Sin embargo, la experiencia, el caché, el saber estar, tiene más importancia de la que se supone. Tras dominar más el juego durante la primera parte, y explotar al principio de la segunda con un gol bárbaro de Giovani, México lo tocó con la punta de los dedos. Los tulipanes tuvieron una virtud, no desesperaron, continuaron jugando igual, tocando la pelota, sin dar pelotazos, confiando en Robben, al que el portero Ochoa le negó celebrar algún gol. Agobiados por el calor, con dos tiempos muertos para combatirlo, hubo un momento clave, dos cambios de jugadores. Salió el Chicharito Hernández, que, como sucede en el Manchester United, ha adoptado ese rol de revulsivo en el último cuarto de hora que esta vez no hacía falta. Y salía Huntelaar por Van Persie. Primeros minutos de “El Cazador” en Brasil.

 

A dos minutos del final, un córner, balón dividido en el área, y Sneijder, uno de los jugadores con mejor disparo en el planeta fútbol, no perdona la que tiene. Los mexicanos ya sabían que iban a seguir llevando esa etiqueta de perdedores al menos cuatro años más. Lo que no imaginaban es que no iban a llegar ni a la prórroga. Desborde de Robben, el más habilidoso de todos, y Márquez, como si fuera un juvenil, le hace penalti (ya le habían escatimado uno anteriormente). Si en algún momento pensamos que repescarlo para la defensa culé era una solución para el desubicado Zubizarreta, la idea se desvaneció al instante. ¿Quién lo tira? Huntelaar, quién dijo miedo. Héroe por un día. Tres exmadridistas le salvan la papeleta a Van Gaal, no olieron la Décima en el Bernabéu (aunque dos de ellos sí lograron la Orejona una vez salieron de allí por la puerta de atrás), y Holanda sigue persiguiendo su sueño. Ojalá logren cumplirlo algún día. Toni Castarnado

 

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Costa Rica 1 – Grecia 1

(Ruiz 51’, Sokratis 91’)

Bueno, sí, globalizar el aburrimiento también es fútbol. Lanzarse a la piscina, o practicar lances del balonmano, también es fútbol. La tecnología, no. Si en el tenis se impuso hace años el “ojo de halcón”, el fútbol sólo ha sido capaz de regalarnos, en este Mundial, con un alarde de futurismo, una pantalla electrónica que confirma que el balón que ha entrado realmente ha entrado. La tecnología está para eso, para confirmar lo que alguien nos pontifica de antemano. El entertainment no es su objetivo, porque el aburrimiento a veces también es fútbol.

 

Los aficionados nos hemos aburrido a escala cósmica. Hemos visto fútbol sólo los 45 minutos de la segunda parte, en un encuentro que, sin pedirlo, nos ha endosado 120 y algo de mal humor. Costa Rica debía confirmar, pero no confirmó, las expectativas de anteriores encuentros, mientras que Grecia peleó mucho, mucho, y eso es lo mejor que podemos decir del primer tiempo. Hubo un centro de Kholebas en el minuto 36 que Salpingidis remató de volea, y que permitió un paradón de Navas fantástico. Poco más.

 

En la rentrée, todo indicaba que Grecia iba a mantener su dominio del juego, como había hecho en la mayor parte del tiempo anterior. Nada más ilusorio: Costa Rica ejecutó un primer ataque bien coordinado que permitió a Bryan Ruiz lanzar sin fuerza y sin titubeos un balón pegadísimo al poste que dejó a la defensa sin aliento y a Karnezis sin reacción. Fue un gol extraño: el propio balón se creía en fuera de juego. Dos minutos después, otro centro peligrosísimo al área griega acabó en las manos de un defensa, Torosidis, pero Mr. Williams, árbitro carente de tecnología, no procesó el dato. Ay, si hubiera sido taiwanés.

 

La roja a Duarte en el minuto 65 pudo haber inyectado emoción el encuentro, y así lo esperamos los adictos al entertainment. Santos, el técnico griego, aprovechó la superioridad para dirigir arriba toda su artillería, colocando a Kholebas y a Lazaros en las bandas y jugando con tres puntas para el fuego a discreción. Lo intentarían en todas las posturas y de todos los modos. Por su lado, Costa Rica se negó a caer en un cierre prematuro, y no dejó de vigilar el centro del campo para impedir que Grecia elaborara sus ataques. Los griegos tuvieron más fe. En el 87, Mitroglou estuvo a punto de hacer gol cuando el balón quedó en suspenso durante un segundo inagotable. Y, en el 90, la hora de los fantasmas de este Mundial, por fin materializó Grecia su empate: un disparo de Gekas lo rechazó Navas, pero nada impidió que Sokratis lo transformara en cicuta. Y aún hubo otro cabezazo dos minutos después de Mitroglou, que pudo ser el definitivo de no haber estado ahí Navas, bendito y omnipresente.

 

La prórroga expandió el aburrimiento. Oh, sí, dio lugar de nuevo a  la hora de los fantasmas, cuando en el 120 el gol volvió a pasearse por el campo. Fue la única ocasión digna de ese nombre, y otra vez Navas fue el elegido para desbaratarla, culminando así una magistral actuación. Bueno, le quedaba otra hazaña, y sería en los penaltis. Costa Rica los metería todos, pero Navas acabaría parando el cuarto de Grecia.

 

Los griegos, qué decir. Horas antes del encuentro habían rechazado las primas, en consideración a lo que está viviendo el país, y habría sido bello darles un triunfo esta noche sólo por eso. Claro que supongo que la tecnología tampoco está para lo bello, o que, más que nada, está para lo pragmático. En todo caso habría sido un final más atractivo para este episodio de domingo en la noche, cuando uno espera esa dosis semanal de entertainment que compense otras carencias. Otras, que son tantas. Santiago García Tirado

Redacción

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