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Mundial: Octavos 1

Brasil se salva por los palos

 

Textos de Antonio Lozano y Rodolfo Santullo.

Fotos Fifa.com

 

En el rincón izquierdo del cuadrilátero, el bigote setentero de Fred (de acuerdo, aceptamos trasladarlo a los años 1980, pero sólo en el contexto de una producción porno californiana). Y, en el derecho, el mohawk hipertatuado de Vidal, un rollo tribal que podría flirtear con lo New Age si no fuera por cierta reminiscencia en la mirada del amigo a Mike Tyson. Lo de Chile, pues, infundía bastante más respeto. Y, porque los locales fueron un manojo de nervios en defensa y muy poquito arriba, más pendientes y dependientes de Hulk que de Neymar, La Roja andina estuvo a nada de firmar su propio Mineirazo, pero dos palos se lo impidieron: el que repelió un disparo de Pinilla en el último minuto de la prórroga y el que escupió el décimo penalti de la tanda. La tarde se vistió de amarillo y de ese color se tiñó también la noche gracias a Colombia y su jugador-sensación, James Rodríguez, autor de dos golazos y verdugo de una Uruguay que no logró recuperarse a tiempo de la sanción a Luis Suárez. Caipirinhas y cafeteros se verán las caras, por tanto, en cuartos.  

 

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Brasil 1 – Chile 1

(David Luiz 18’, Alexis 32’)

“Las crestas están de moda, ¿no?” y “esto es muy de patadón arriba" fueron los primeros comentarios de una compañera de visionado que sabía tanto de fútbol como de microcirugía ocular. No fue un mal diagnóstico del primer cuarto de hora. Donde el juego no llegaba, más allá de los vigorosos arranques de Hulk, reflejo de un Brasil musculoso y espeso, bueno era fijarse en las estrambóticas soluciones de peinado de los jugadores.  Al menos en los primeros compases, el aficionado del Barça podía estar contento de que su nuevo portero  daba síntomas de buenos reflejos, hasta que el primer córner dejó alguna duda de sus capacidades, indeciso en la salida con el agravante de un mal marcaje de Gonzalo  Jara.  Gol  medio regalado a David Luiz. En la víspera, Scolari despejaba cualquier duda acerca del ADN  de su equipo citando al Atlético de Madrid como su referente. Sobrado de técnica, con Neymar como faro, suelto y descarado, con plena libertad de movimientos, renuncia en cambio a la samba para diluirse en la fuerza y el picar piedra de cualquier equipo medio como, por ejemplo, Chile. Hablando de disoluciones, Alexis no acababa de chutar en este Mundial, intermitente como en su club, pero la modorra de Brasil quiso facilitarle su momento estelar con una pérdida absurda.  Premio al que suda y sabe aprovechar su oportunidad. Castigo al que, pudiendo, se acongoja; al resultadista que se traiciona. Los cariocas no acababan de encontrar su lugar en el campo, las posiciones confusas, su estrella abonada a un regate de más y ya llegará la ocasión porque somos mejores y punto.  Los vecinos de este cronista, abonados a La Roja superviviente,  gritaron como locos una última oportunidad en la primera parte que reflejó la fragilidad de un Brasil dominante pero con poca mordiente y menos poesía, que invitaba a pensar que ante contrincantes de peso podría traer fácilmente el luto al país. Sosería, apenas una jugada trenzada,  como demuestra que lo que más apreció la amiga que jamás entenderá el fuera de juego es  que Julio César es muy guapo.

 

Chile salió creyéndoselo y la torcida enmudecía, pero a quien anularon un tanto fue a Hulk por controlar con el brazo en el área. Howard Webb, el árbitro que anuncia una marca de  relojes de gran precisión,  no estaba por despertar dudas extra acerca de favoritismos hacia el anfitrión.  Scolari empezó a hacer aspavientos.  Se espesó el match. Chile, todo corazón, metió una marcha de más y tuvo una oportunidad clarísima de gran triangulación. Se encogía el poderoso, a remolque, sin inspiración, desaparecido Neymar. Quedaban veinte minutos y no daba buenas sensaciones el pentacampeón. Quemaba el balón en los pies de ambos contendientes. Ante la inminencia del Apocalipsis, los brasileños llegaron con un plus de determinación pero sin mucho colmillo y porque Bravo fue muy bravo.  Igualdad en los últimos compases. A la prórroga. Decepcionante Brasil. Unos primeros octavos que recordaban a Mundiales mucho más desbravados.

 

No hay prórrogas amenas. Nervios, miedo,  especulación.  En el alambre, Brasil llevó la iniciativa si bien con centros a la olla y chutes desde fuera, aprovechándose de un Chile al límite de sus fuerzas. ¿Dónde está la personalidad de la canarinha? Mucha cresta, mucha mecha y poco fútbol. Toda la selección chilena metida en su área en los últimos compases y su rival sin saber qué demonios hacer.  Un Eibar-Córdoba para acabar. Un larguero de Chile a veinte segundos del tiempo reglamentario causó miles de infartos simultáneos. A los penaltis con todo merecimiento.  Lucha de orangutanes en la portería: Bravo contra Julio César.  Quienes fallaron más fueron los jugadores de campo, dos lanzamientos los brasileños y tres los chilenos. Brasil se salvó de milagro en un partido gris gris. Mucho habrá de mejorar si quiere aspirar a su sexta corona. Hicieron bien David Luiz y Neymar en rezar abrazados tras la agonía. Antonio Lozano

 

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Uruguay 0 – Colombia 2

(James 28’ y 50’)

El partido reveló sus características de inmediato: una Colombia dominadora, ofensiva y con tenencia de la pelota, ante un Uruguay replegado, que trataba de ser firme en la marca y fallaba al generar contragolpes. Con todo y el dominio cafetero, tuvo que pasar media hora para que hubiera incidencias reales. Uruguay no avanzaba ni generaba juego, pero Colombia parecía haber regresado en el tiempo a aquella del pase al costado y el toque-toque intrascendente. Apenas algo de Zúñiga por la banda derecha (desbordando a Palito Pereira y a cualquiera que se le pusiera adelante) inquietaba. Hasta que apareció James Rodríguez.

 

El talentosísimo número 10 se sacó de la galera uno de los mejores goles del Mundial. Despeje de la zaga uruguaya, rebote, controla de pecho y le prende de volea en el aire, imposible de atajar para un esforzado Muslera, que alcanzó a rozar. 1 a 0 para Colombia.

 

La cachetada del gol pareció hacer despertar a los uruguayos, que se mandaron arriba (con más ganas que otra cosa). Una combinación entre Cavani, Forlán y Rodríguez se fue al córner; tiro libre de Cavani apenas desviado y la mejor de los celestes en el primer tiempo, un rebote aprovechado por González, que propició la primera aparición del portero Ospina.

 

El segundo tiempo mostró a ambas escuadras salidas a anotar y fue de ida y vuelta por unos minutos. Hasta que la mejor combinación ofensiva de los colombianos encontró a sus dos grandes jugadores, Cuadrado y Rodríguez, en una jugada de no menos de siete toques desbordando a la defensa celeste y gol, golazo de Colombia. Nuevamente el 10 cafetero, que se coloca (al menos por el momento) a la cabeza de la tabla de goleadores.

 

Los minutos se iban y Uruguay pone toda la carne en el asador con los tres cambios en rápida sucesión. Avanzan y avanzan, contra un rival que espera para generar contragolpes. Pero el avance uruguayo es desordenado, con poco juego. Más apoyado en corazón y esfuerzo que en juego y peligro. Aun así, generan alguna que otra alternativa peligrosa, una de Pereira, un tiro lejano de Cavani, un remate de Rodríguez. Todas se encontraron con un segurísimo Ospina, que aportaba su granito de arena.

 

La victoria colombiana fue contundente e indiscutible. Ahora choca con el anfitrión, que haría bien en preocuparse pensando en lo que le espera. Rodolfo Santullo

Redacción

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