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Mundial: Día 6

Algo de promesa, poca magia y bastante resaca

 

Textos de Albert Fernández, Brais Suárez y Rodolfo Santullo.

Fotos Fifa.com

 

Fíjense si hay presión en la selección brasileña por ganar esta Copa del Mundo que Alves parece haber envejecido diez años en una semana. Bromas pobres y teñidos ridículos al margen, lo cierto es que el equipo de casa sufrió su primer tropiezo con un empate sin goles ante México. Pero, aunque los aztecas dominaron durante el segundo tiempo, cabe reconocer que el noventa por ciento de sus tropecientos disparos nació fuera del área para tomar rumbos alejados de los tres palos, mientras que las oportunidades de la Canarinha se gestaron a bocajarro y obligaron a una, dos, tres y hasta cuatro intervenciones portentosas del cancerbero Ochoa, bendecido anoche como último hombre por la mano del primero de ellos, Cipactónal. Antes de que reincidiera la favorita, debutó el combinado promesa, Bélgica, que sudó más de lo anticipado para vencer a Argelia. Y, después, bueno, con decirles que uno de los dos entrenadores del Rusia-Corea era Capello lo tenemos todos claro, ¿no?  

 

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Bélgica 2 – Argelia 1

(Feghouli p. 25’, Fellaini 70’, Mertens 80’)

Es curioso cómo, con lo rápidas que van las inercias en todo hoy día, pasó que a Bélgica le oprimió un nuevo tipo de presión, inédita hasta ahora: lejos de ser favoritos, los Diablos Rojos sintieron el peso de ser considerados el equipo revelación del Mundial. Tan esperada era la sorpresa que debían aportar al campeonato los chicos de Wilmots que casi se la llevan ellos en su debut ante Argelia. Los primeros compases del encuentro fueron un recital de desatinos belgas que iban más allá de los nervios del debut: fallos en la entrega, controles largos, llegadas romas o inexistentes, el precario y solitario recurso de los chuts lejanos de Witsel... Tampoco era de esperar que Argelia se adelantara, vista su aportación al partido, pero a los Zorros del Desierto les bastó una veloz internada de Brahimi en la que Vertonghen se excedió en su braceo, hasta llegar a agarrar, para provocar un penalti que Feghouli transformaría sin problemas. Desaparecidos Hazard y Lukaku, con el marcador en contra y el espesor enganchado a las botas, llegado el tiempo de descanso, lo más normal era pensar en el banquillo belga, cargado de jugadores que pueden hacer girar el signo de un partido: Mirallas, el joven Januzaj, Mertens, Fellaini,... Precisamente, estos dos últimos fueron los escogidos para ingresar en el campo, Mertens desde el principio del segundo tiempo, y entonces sí, el juego belga alcanzó una fluidez envidiable, con acercamientos cada vez más peligrosos. Algo más sorprendente fue el cambio de Lukaku, ciertamente inoperante, por un poco reputado Origi, pero, con todo, la remontada se veía venir, los revulsivos realmente cambiaban la superficie del juego. Dicho y hecho: en menos de cinco minutos sobre el campo, Fellaini marcaba de espléndido testarazo y, junto a Mertens, dejaba su sello en el encuentro. Para confirmar el acierto de los recambios, el propio Mertens recibía diez minutos más tarde un balón favorable en una contra dirigida por un Hazard finalmente inspirado y fusilaba por alto al guardameta argelino, que bastante haría ya con repeler otro cabezazo casi inapelable de Fellaini. Pudieron ser tres, se quedaron en dos, pero se cumplió el pronóstico: Bélgica ganó. ¿Alguna revelación? ¿Sorpresa? No, más allá del valor del banquillo en una competición donde cada gesto importa. Albert Fernández

 

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Brasil 0 – México 0

Todo estaba preparado para la magia de Brasil: el estadio, desempaquetado y lisito; Alves, como uno de los clones de Nike; Guardado, con gomina hasta en los dientes; Neymar, con un flequillo de lo más flashy; David Luiz, Marcelo y Ochoa con sus peinados Motown, y la grada, tupida de canarios y amapolas. Todo preciosísimo y brillante. Y, luego, el traje de Miguel Herrera, con Miguel Herrera dentro y guardando, a su vez, los conjuros sobre cómo conseguir que México revolucionara Brasil más que los jóvenes desbravados de sus calles.

Con esas empezó el partido, con los brasileños creyéndose depositarios de la magia da bola y con los mejicanos como magos encubiertos que sólo necesitaban calmar un balón desquiciado para poder agitar la varita. De momento, sus hechizos habían caído ya sobre Neymar, Oscar y Paulinho: del culé, un flipendo (o flipada kadabra, según la escuela de magia) que le hizo creerse a la altura de Messi o Müller, pero que limitó sus virguerías al medio del campo; de Oscar y Paulinho, un confundus que les hizo distar muchísimo de su nivel ante Croacia. Aunque, para confundus, el de Rafa Márquez, más bien bajo un efecto “Matrix” nefasto para la salida de los mexicanos desde su área, que se pasaron la primera parte recuperando y perdiendo el balón. Eso sí, en cuanto se hacían con él, tenían muy claro que lo suyo no son los regates, sino los tiros, y así avisó bien pronto Héctor Herrera con un disparo lejanísimo que paró Julio César para la desgracia del árbitro, no muy dispuesto a pitar córner. Volvió a avisar Vázquez rozando el otro palo de la portería, pero, cuando más cerca estaba el gol de México, los brasileños se revolvían en contra del petrificus totalus que sufrían en ataque y, tras una falta, Thiago Silva se la dejaba con el pecho a Paulinho para que apareciera Ochoa, el auténtico mago del partido, que volvería a desafiar la razón para parar un cabezazo de Neymar.

Y llegó el descanso con dos equipos que veían más puerta de lo que un juego lento y por momentos noventero dejaba esperar. Nada más volver al campo, se obró el milagro y, de acuerdo con las premoniciones de Scolari, Brasil empezó a pasarlo mal en el momento en que México aprendió a sacar el balón sin Márquez de por medio. Guardado y Dos Santos corrían cuanto querían por todas partes, con Herrera y Vázquez más estáticos pero muchísimo más peligrosos desde la distancia. La magia estaba claramente en manos de México, tanto por cómo zarandeaba el balón como por cómo zarandeaba a un Brasil sometido. Neymar sucumbía una y otra vez al flipada kadabra, con carreras imposibles, filigranas sin sentido y una falta desde treinta metros, si bien estuvo a punto de sacudirse la maldición con un remate con el que Ochoa volvió a lucirse. Sí consiguió, al menos, despabilar a su equipo, que intuyó la gloria con otro remate de Thiago Silva. La gloria se la quedó Ochoa.

Pero el partido ya se iba pareciendo más al fútbol. Definitivamente, no había magia (no de la bonita), pero sí algo de sentido en el juego. Guardado inquietó a Julio César desde lejos, pero este estuvo imperial todo el partido. Posiblemente, lo único imperial entre una defensa de tanto renombre, donde sólo destacaron Marcelo en ataque y la embestida de Thiago Silva a Chicharito, que bien merecía más que una amarilla.

Al final, ni Brasil consiguió más pese a sus ocasiones, ni México se llevó el partido pese a su juego y su constancia. Sólo el público mereció más, pero ya se sabe: cuando se juega con magia, los trucos a menudo no salen. Si no, que le pregunten a Neymar, que lloraba como cuando yo descubrí que los Reyes Magos no existen. Brais Suárez

 

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Rusia 1 – Corea del Sur 1

(K.H. Lee 68’, Kerzhakov 74’)

Como ese invitado que llega tarde a la fiesta, se jugó el último partido de la primera fase de grupos. Ese mismo invitado que, para cuando llega, no encuentra nada de comer, ya se cantó el feliz cumpleaños y sólo queda para tomar ese Malibú horrible y caliente en botella de plástico. Si ya a priori el partido Rusia contra Corea del Sur presentaba poco atractivo, jugarse después de ese plato principal sabroso y bien servido que fue Brasil contra México no le hizo ningún favor.

Convengamos que, salvo que uno sea ruso o coreano, este enfrentamiento tenía menos interés qué saber qué ha sido de Rickon Stark en “Juego de Tronos”. Si además nos ponemos en el lugar de algún anónimo relator o comentarista, este partido es el que nadie quiere hacer, con sus apellidos impronunciables: Berezut, Zhirkov, Shatov de un lado y los monótonos Lee, Yun, Hang, Yong, etc. del otro. Poco, poco prometedor.

Pero supongamos que nos favorece la diferencia horaria (de hecho, acá en Uruguay no la hay y calculo que ese es el principal motivo para que esté reseñando ahora este partido) y estamos embebidos por un arrollador espíritu mundialista y encaramos verlo. Van pasando los minutos y cada vez más estamos muy arrepentidos de ello.

Poco y nada muestran en el primer tiempo cualquiera de las dos selecciones, salvo que su capacidad de generar sueño y sopor sea embotellable y vendible. Algo más Corea, vertical y ofensiva, algo menos Rusia, raspadora y física. Termina el primer tiempo, arranca el segundo y más o menos sigue todo igual. El libreto de ambos está escrito por el mismo guionista, uno con especial predilección por el tiro fuerte de media distancia.

Y, para cuando parecía que nos íbamos sin nada digno de mención, otro tiro de los tantos que probó Corea, está vez en los pies de uno de sus Lee, encontró una pifia tremenda del arquero Akinfee (que ya había estado flojo varias veces antes, dando varios rebotes sin consecuencias) y gol.

Parecía que se les venía la noche a los rusos, pero quién sabe si inspirados por la tremenda desesperanza que quedó tatuada en el rostro de Akinfee o por los cambios que mandó de inmediato a la cancha Capello, se fueron arriba. Y ojo, que cuando los rusos se te vienen arriba no es moco de pavo. Pregúntele usted a Napoleón o Hitler o a cualquiera que haya tenido que mantenerles un frente oriental. En el agobio y decenas de ataques que generaron en minutos (y uno se pregunta, ¿teníamos que esperar casi tres cuartos de partido para que se pusiera interesante?), un entrevero en el área y la pelota quedó en los pies del veterano recién ingresado Kerzhakov, y eso no es algo que un jugador como él deje pasar. Pum y a cobrar.

Los minutos finales fueron los mejores, con una Rusia que creía que podía y una Corea que contragolpeaba y buscaba siempre de media distancia. Pero, para alegría de Akinfee, no pasó más nada. Uno a uno y reparto de puntos. Rodolfo Santullo

 

Redacción

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