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Real Madrid 2013-2014 Vol. 8

Espejismos y galones

 

Miguel Martínez

Fotos La Liga y UEFA

 

Decíamos ayer que pocas imágenes reflejaban mejor los males actuales en el mediocampo del Real Madrid que esa del final del partido en la Rosaleda malacitana, con Xabi Alonso saludando a sus compañeros mientras iba soltando “no puedo más, no puedo más”. Y decíamos bien. El donostiarra se ha fundido y como no haya recargado a tiempo sus baterías para seguir ejerciendo en el campo de segundo entrenador (este fin de semana no jugó, por acumulación de tarjetas), vamos listos. El miércoles, en la final de Copa, se verá cuánta mecha le queda. La que le quede a él es la que le queda al equipo.

 

Tanto galón y tanto estrato (los de arriba, los del medio, los de abajo, que en el caso merengue sería como decir Alonso, Illarramendi y Casemiro, por ejemplo) acaba llagando la identidad de los colectivos. Quien haya hecho la mili tiene fácil comprobarlo: que recuerde cuántos sargentos chusqueros conoció que tenían menos luces que el culo de un pescado frito y que se pasaban el día dando órdenes que no ordenaban nada ni a la de tres. Las jerarquías, igual que todo, pueden derivar en vicio o en servicio, en daño o en favor que uno se hace. Las jerarquías no son sagradas. Cuando en los últimos dieciocho minutos del partido de vuelta de cuartos de la Champions el soldado raso Casemiro puso firmes a los suyos y a los rivales, la pregunta salía sola: ¿Illarramendi ha de estar ahora, justo ahora, por encima de este chaval en la jerarquía del centro del campo? Viendo el error del vasco –otro más– que provocó el segundo gol del Borussia de Dortmund la respuesta también salía sola. Pero una cosa son las respuestas y otra es la realidad.

 

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Comentaba Félix Grande, poeta y flamencólogo que nos dejó el 30 de enero, que la verdadera identidad del ser humano está más apoyada en las derrotas que en las victorias. Sin ir más lejos, él mismo, guitarrista fracasado, se autodefinía como “una de las infinitas víctimas” de su admirado amigo Paco de Lucía. Casualidades crueles que trae la vida, Paco falleció cuando aún no había pasado ni un mes del óbito de Grande. A lo que íbamos: la verdadera identidad del Real Madrid esta temporada, sobre todo en la Liga, está más apoyada, mucho más, en sus derrotas y sus errores que en sus victorias, pues estas últimas no se han producido, de momento, en los días marcados para la gloria (ni contra el Atlético de Madrid ni contra el Barça). Un par de excepciones, el 3 a 0 en la ida de las semifinales coperas contra los colchoneros y el mismo resultado en la ida contra el Dortmund, no empañan esta afirmación: ninguna pesa más que el 3 a 4 contra los culés en el Bernabéu ni el 2 a 1 contra el Sevilla en el Sánchez Pizjuán. Y suerte de Casillas y Casemiro, porque ninguno de esos dos batacazos pesaría tanto como la eliminación en la ida contra el Borussia: Llegamos a caer ahí y se arma la marimorena. Poco faltó.

 

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No hay que tirar de destemplanzas: meterle en casa cinco goles al Rayo Vallecano o cuatro al Almería tiene su mérito, esos rivales, por inferiores que parezcan sobre el papel (y en la cuenta corriente) también juegan y dan sustos. Los cerrojos hay que saber abrirlos, solos no ceden. Que se lo pregunten al Barcelona cuando acabó su partido en Granada. Pero a estas alturas de la película toca revisar los galones. Isco pide paso. Defiende lo que defiende y presiona lo que presiona, pero si la BBC (ya sabéis, Benzema, Bale, Cristiano) no se quedase mirando cómo las defensas rivales sacan la pelota, eso no sería tanto problema. Morata pide más minutos. Casemiro enseña los dientes. Illarramendi sigue desdentado. Bale continúa siendo un agonías y un fabricante de espejismos. Su participación global en el juego me recuerda a una frase de la canción de Bruce Springsteen “Sinaloa Cowboys”, cuando el padre le dice a sus dos hijos mexicanos, que van a cruzar la frontera para intentar ganarse la vida en Estados Unidos (no lo lograrán, la metanfetamina es traidora), “una cosa que aprenderéis es que por cada cosa que el norte te da, te pide luego algo del mismo precio a cambio”. Por cada gol y asistencia del galés estamos pagando el mismo precio en desajustes y desbarajustes.

 

Miguel Martínez

Este egarense se hizo del Real Madrid a los tres, cuatro años. Jugaban Benito, Santillana, Velázquez, García Remón o Miguel Ángel, Pirri... El equipo merengue era el mayoritario (de muy largo) en los bloques de la Vitasa, especie de república escindida del barrio de Can Boada. Días de pelotas de bolsas y papel en los patios de los colegios, de costras eternas en las rodillas. Faltaba un decenio para que naciera la (única y azulgrana, luego no libre) TV3. Temps era temps. Luego le dio por dedicarse a la música, escribiendo de ella o montando conciertos, bla, bla, bla, y hasta hizo algún libro (el último, “La mitad de lo que quisimos ser”; Editorial 66rpm), pero eso aquí no toca, esto va de patear el balón.