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Pussy Riot

Rusia grande, vale, pero ¿libre?

 

Isabel Sucunza

 

"La prisión soviética es una de las innombrables encarnaciones de la tiranía. Una forma de violencia total ejercida sobre todo". "La zona". Sergei Dovlatov.

 

Sergei Dovlatov cuenta en "La zona" (publicado aquí primero en catalán por Labreu y después en castellano por Ikusager)  su experiencia como vigilante en un campo de trabajo siberiano a principios de los 60. Voy a tirar de ese libro en este artículo que ahora están leyendo, que va, ya se lo avanzo, sobre las Pussy Riot. Y ustedes dirán: pero anda que no debe de haber cambiado la cosa en más de cincuenta años. Y yo les contesto: probablemente sí, pero voy a acogerme a la venia que me otorga el hecho de que, en cuanto a prisiones, prácticamente todo lo que podemos conocer a quienes no hemos dado con los huesos dentro, viene de la mano de la literatura; incluso Dovlatov mismo, aun habiendo estado ahí, tira de Siniavski, Shalámov y hasta de Chéjov, para hablar de todo esto en su libro.

 

También les adelanto que, más que de prisiones, voy a hablarles de dignidad del género humano, que eso sí que nos suena a todos y es donde podemos entendernos o no -donde podemos entenderlo o no- con cierto conocimiento de causa.

 

Dice Dovlatov: "La literatura de prisiones existe desde hace unos cuantos siglos (...). Al mismo tiempo, también existe la literatura policíaca (...). Según la primera, el presidiario es una figura sufridora y trágica que merece compasión y admiración. Por tanto, el guardia es un monstruo y un malvado. Es la encarnación de la maldad y la violencia. Para la segunda, es el presidiario el monstruo, la criatura del infierno y, consecuentemente, el policía es el héroe, el moralista, es una personalidad brillante y creativa". Mantengan esta distinción en la mente y vean cómo lo que cuenta Dovlátov se la lleva por delante. Y cómo lo que está pasando con las Pussy Riot, también.

 

El colectivo Pussy Riot está integrado por entre diez y quince personas (funcionan desde el anonimato), de las cuales, hay dos que últimamente han saltado a la palestra, previo paso por este altar:

 

 

Eso pasó el 3 de marzo de 2012, a resultas de ello, María Aliójina, Nadezhda Tolokónnikova y Ekaterina Samutsévitch (esta última fue puesta en libertad condicional poco después) fueron acusadas oficialmente de vandalismo, de socavar el orden social y de faltar el respeto a los creyentes; fueron juzgadas y condenadas las dos primeras a dos años de prisión.

 

Putin fue más allá en la acusación; aun siendo el protagonista total de la canción que las Riot interpretaban en aquel altar, tuvo los arrestos de decir en el vídeo que hizo emitir por la televisión nacional en hora de máxima audiencia, el día de su último cumpleaños, que aquello de las Pussy no iba con él (!), que "la condena no había sido por la crítica a su persona, en contra de lo que creen muchos observadores" y que fue "correcto que las arrestaran porque no se pueden socavar las bases de la moral, la moralidad y destruir el país”.

 

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Tolokónnikova, una de las detenidas y encarceladas que, recientemente, ha pasado tres semanas en paradero desconocido y que, en el momento de escribir este artículo, dicen que ha sido localizada en un hospital de Siberia, dijo cuando se hizo pública su condena: "la sentencia es un síntoma claro e inequívoco de que la libertad está desapareciendo de nuestro país".

 

Vassili Grossman (volvemos a la literatura), según una cita recogida en la contraportada del libro "La zona" con el que arrancaba este artículo, decía: la única cosa que "Rusia no ha conocido en sus mil años de historia es la libertad".

 

Así que tenemos, por un lado, a un político acusando de querer destruir el país a tres chicas que subieron a un altar; y, por otro, a dos ciudadanos, llamémosles también artistas, –Tolokónnikova y Grossman– diciendo, una, que se están cargando la libertad de ese país y, el otro, que en ese país nunca ha existido esa libertad.

 

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Volvamos ahora a "La zona", de Dovlatov. La gran tesis del libro que contradice todo lo que se había escrito al respecto sobre el tema de las prisiones es que existe un sospechoso parecido entre "guardias y reclusos o, por decirlo de una manera más amplia, entre el campo y la libertad", esa libertad que, según Grossman, nunca ha existido en Rusia. Dovlatov también habla en el libro del papel del artista: "El artista crea una vida artificial con el fin de completar la realidad vulgar (...). Los resultados de esta actividad son indudablemente trágicos. Cuanto más fructíferos son los esfuerzos del artista, más palpable es la ruptura entre el sueño y la realidad". Piensen ahora quién vendría a ser el guardia y quién el recluso en este caso; piensen en la similitud entre ellos: Putin –el Estado– sería el guardia; las Pussy Riot serían las reclusas. Putin, con las declaraciones en su vídeo promocional de cumpleaños, se erige en defensor de una cosa que va más allá de su persona: el país entero. Las Riot vendrían a ser las defensoras de otra cosa más grande aún: la libertad de ese país.

 

En conclusión, ambos, cada uno a su manera (aunque el primero, seguramente, de boquilla), estarían defendiendo Rusia; ¿por qué, entonces, todo este asunto de las Riot se nos aparece tan envuelto en una bruma de injusticia brutal? Está claro: Putin –el Estado– tiene el poder, y no un poder cualquiera: tiene el poder de privar a una ciudadana, Nadezhda Tolokónnikova, ya no de aquella libertad que según Grossman, era imposible que disfrutara ni siquiera fuera de la cárcel, sino de su mero derecho a existir. Se habló mucho hace tres semanas de su desaparición, sin embargo, no se ha hablado casi de su vuelta a escena; no ha vuelto a escena, de hecho. Dice este artículo que su abogado declaró en una entrevista a Al-Jazeera que su desaparición fue un castigo por toda la atención internacional que estaba acaparando;  por otro lado, su marido, Pyotr Verzilov, dice en ese mismo artículo que es precisamente toda esa atención la que impide que sea castigada con aún más dureza. Sea como sea, parece que Tolokónnikova ha sido borrada del mapa, con toda la intención, además.

 

Tenemos un caso de país real que existe con todo su aplastante peso: el que defiende Putin; frente a un país soñado: el libre, el que imagina el artista. Y ya lo avanzaba Dovlatov: "el resultado es indudablemente trágico", sí: parece que pierde el artista. Pero, ojo, hay en todo esto una clara, aunque carísima para él, victoria del artista: la de la dignidad. Puede que ésta parezca una derrota incluso, si se ve a escala personal. Piensen sin embargo en qué le queda de dignidad a Rusia, esto es, a Putin. Y piensen ahora quién está defendiendo realmente los intereses del país. Gana el artista, si lo pensamos así. Y ganaría Rusia también, si a esa Rusia, si a gente como Tolokónnikova las dejaran existir. Una Rusia, eso sí, que a Putin no le parece interesar.

 

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No se piensen que Dovlatov hablaba por hablar de la libertad de Rusia: publicó "La zona" una vez se hubo exiliado a Brooklyn. Tuvo que abandonar el manuscrito allá e hizo que se lo mandaran en microfilms, por partes. El libro es una reconstrucción lo más completa posible de la historia original (algunos fragmentos se perdieron debido al mal estado en el que le llegaron algunas de las imágenes). La edición catalana se completa con las cartas que le envió a su editor explicando la ardua labor de reescritura. También con otras en las que explicaba por qué se centraba en la parte humana de los personajes, la que les era común a todos, y dejaba de lado los detalles escabrosos de la vida en el campo: "He decidido dejar de lado los episodios más salvajes, sanguinolentos y monstruosos de la vida en un campo. Tengo la sensación de que parecerían especulativos. El efecto no provendría de la trama artística, si no del material mismo".

Isabel Sucunza

Isabel Sucunza (Pamplona, 1972). Vivió en Navarra hasta finales de los 90, cuando se le acabó el chollo de estudiar y decidió buscarse un trabajo en Barcelona. Lo encontró en la redacción de la Guía del ocio. Trabajar allá durante cinco años supuso una especie de segunda carrera sobre qué se cocía en la ciudad. Pasó después por BTV y TV3 como miembro del equipo de los programas "Saló de lectura" y "L'hora del lector", y aquello fue como una especie de tercera carrera sobre qué se cocía en los libros. En los últimos dos años ha publicado un libro suyo ("La tienda y la vida". Blackie Books) y ha colaborado en la publicación de unos cuantos libros de otros en Navona Editorial.