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Charlie, Ahmed y todos nosotros

Un intento de poner orden tras el trauma

 

Milo J. Krmpotic'

 

Durante las últimas jornadas, he visto a alguna de las mentes más preclaras de mi generación abogando por la erradicación del Islam. Como si uno pudiera ir eliminando religiones mayoritarias a estado de Facebook limpio, como si a alguien le conviniera enemistarse bélicamente con, alma arriba alma abajo, 1.200 millones de personas. Durante las últimas jornadas, también, he visto a una mente bastante más turbada lanzando balones fuera, como si todo crimen puntual debiera ser analizado desde perspectivas históricas, políticas y sociales; como si los grandes males, aunque en ocasiones pelín etéreos, debieran ser tomados como vara para medir los males concretos y cotidianos, en consecuencia ya por siempre más minusvalorados.

 

Se trata, sin duda, de un problema de ejes. Y lo verdaderamente doloroso es constatar cómo toda esa confusión, cómo toda esa intoxicación, brotan de un suceso tan evidente a la par que terrible: la ejecución de diez periodistas de la publicación francesa Charlie Hebdo y de dos policías parisinos a manos y Kalashnikov de un trío de integristas musulmanes.

 

Un problema de ejes, decía… Las mentes preclaras, prisioneras de Toynbee y Huntington y el dichoso choque de civilizaciones, establecieron el suyo a partir de la religión: un nosotros de tradición judía-cristiana frente a un ellos islámico. La mente turbada, en cambio, abrazada a su viejo volumen de “Das Kapital”, lo situó en torno a la idea de capitalismo frente al mundo, aquella en la que son los banqueros quienes bombardean a los pastores de ovejas y los ejércitos conquistadores reciben bonos navideños de Zara y McDonald’s. Dos opciones, pues, un tanto trasnochadas, lastradas por el credo y la ideología, sendos moldes que algunos aplican obsesivamente sobre cualquier circunstancia, tan arbitrarias como la de quien intentara explicar los sucesos del miércoles 7 de enero en clave de agresión del gremio de los repartidores de pizza (oficio que en algún momento desempeñó Chérif Kouachi) contra el de la prensa escrita.

 

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Ya que el desconocimiento afecta tarde o temprano a todo hijo de vecino (incluyendo, desde luego, a quien estas líneas firma), quizá podamos solicitar al menos un poco de sentido común mientras nos desplazamos entre el hecho concreto y ciertas líneas estructurales que nos permitirán comprenderlo mejor, sí, pero que jamás deben saltar a una posición protagonista del análisis. Esa disección, espero, facilitará la labor de quienes deseemos incurrir con mejor fortuna en la atávica necesidad de escoger equipo.

 

Permítanme dibujar, pues, una raya imaginaria que parta en dos la redacción de Charlie Hebdo: a un lado, los que matan; al otro, los que mueren. Y podríamos dejarlo ahí, pero el mundo es múltiple y extraño, demanda aclaraciones. ¿Qué separa a unos y otros (qué los separa, claro, más allá de esa distinción primordial y deshumanizadora que radica en la capacidad de ejecutar a un congénere a sangre fría)? Pues unos simples dibujos. Unas caricaturas que los primeros viven cual ofensa contra su fe y que los segundos han esgrimido una y otra y otra vez desde una conciencia laica y humanista. La religión ofendida frente a la declaración de principios iconoclasta. Pero, siempre pero, una diferencia básica: mientras unos eran conscientes de que se arriesgaban a morir, los otros han escogido asesinar. Y el hecho de que tal opción sea concebible, el hecho de que acabe plasmándose con obscenidad, es precisamente lo que otorga todo su valor y justifica la razón de ser de la provocación primera y recurrente. Puede sonar a profecía autocumplida pero, al desafiar el miedo, mientras se adentraban con mayor o menor gracia en el pantano de la irreverencia, los miembros de Charlie Hebdo daban lustre y mantenían firme una frontera que damos por sentada, pero que muchos, como se ha visto, ansían demoler: la de la libertad, incluida la libertad para equivocarse, incluida la libertad para ir demasiado lejos, incluida la libertad para no ser necesariamente divertido. Ninguno de esos ejercicios, obviamente, era merecedor de la pena de muerte.

 

Ahí, en fin, mi eje: los que vivimos en libertad, los que nos equivocamos en libertad, los que en ocasiones quizá nos excedemos en libertad, ante quienes pretenden negar tales libertades desde la amenaza, primero, y la ráfaga de balas a continuación.

 

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Ahora, sólo ahora, podemos proceder a extender el análisis. ¿Representan los verdugos al Islam? No obviamente por número: fueron tres o cuatro entre 1.200 millones. Pero sí, en cuanto afines al Daesh (prescindamos de una vez, por favor, de la denominación de Estado Islámico, que les otorga fuerza institucional y propagandística), en cuanto satélites de al-Qaeda, representan una interpretación del Islam. Una puesta en práctica del mismo salvaje y medieval, cuya expansión se ha visto beneficiada (ya puedes bajar la mano, Willy, ya llegamos) por la desastrosa invasión norteamericana de Irak, por la pésima gestión norteamericana de Afganistán, por la esquizofrenia occidental en su trato a Siria (ni Kissinger tiene claro hoy día si Al-Asad es “su” hijo de puta o no), etc.

 

Sucede, a la vez, que los hermanos Bouachi son franceses, con lo que debemos ampliar el espectro interpretativo para que incluya los problemas de integración que viene padeciendo la sociedad gala, con la guetificación de las banlieue y demás. Como no cabe olvidar el caldo de cultivo que ello supone para la última moda del terrorismo internacional: la llamada a que esos inmigrantes de segunda y tercera generación que se sienten maltratados por Europa ejerzan la Yihad con cualquier herramienta a su disposición, comenzando por sus propios coches, y contra cualquier objetivo a su alcance. Ese parece que va a ser el gran enigma a desentrañar por los servicios de seguridad del Viejo Continente durante la próxima década.

 

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Uno de los Bouachi, no obstante, contaba con entrenamiento militar y experiencia bélica. Representa aún el término medio entre un Mohamed Atta y esta nueva tendencia, tal y como se desprende de la grabación donde se lo ve rematando al policía Ahmed Merabet: sus movimientos, el gesto casual con que realiza el tiro de gracia, son propios de alguien acostumbrado a matar; que perdiera un tiempo precioso en esa ejecución, asimismo, implica la existencia de cuentas personales, las que tantos chavales de las periferias francesas sienten respecto a la Gendarmerie.

 

He comenzado este texto hablando de las mentes que respondieron al trauma de Charlie Hebdo por exceso y por defecto. No estará de más que lo cierre, ya que en Ahmed Merabet hemos desembocado, contrastando esas actitudes con la muy voltaireana reacción del escritor libanés Dyab Abu Jahya, tan certera en su elección de un protagonista secundario de la historia para intentar poner un poco de orden a su alrededor: “Yo no soy Charlie, soy Ahmed, el policía muerto. Charlie ridiculizó mi fe y mi cultura y morí defendiendo su derecho a hacerlo”.         

 

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Milo J. Krmpotic’

Milo J. Krmpotic’ debe su apellido a una herencia croata, lo más parecido en términos eslavos a una tortura china. Nacido en Barcelona en 1974, ha publicado contra todo pronóstico las novelas “Sorbed mi sexo” (Caballo de Troya, 2005), “Las tres balas de Boris Bardin” (Caballo de Troya, 2010), “Historia de una gárgola” (Seix Barral, 2012) y "El murmullo" (Pez de Plata, 2014), y es autor de otras tres obras juveniles. Fue redactor jefe de la revista Qué Leer entre 2008 y 2015, y ejerce ahora como subdirector del portal Librújula. Su firma ha aparecido también en medios como Diari Avui, Fotogramas, Go Mag, EnBarcelona, las secciones literarias del Anuari de Enciclopèdia Catalana

 

milo@blisstopic.com