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LRAD, cañones de sonido

Pegar sin dejar marca

 

Isabel Sucunza

 

¿Se acuerdan de cuando los señores policías llevaban pitos? Vale, yo casi tampoco, pero todos hemos leído tebeos y sabemos que era así. De las sirenas de los coches, de esas sí que nos acordamos. Bueno, pues pitos y sirenas se les han quedado pequeños a la policía; ahora llevan un LRAD, que suena a cualquier cosa hecha a base de siglas, NYPD, BRIMO, GEO, tan recurridas en la terminología policial. A siglas o a lo que sea, la cosa es que suena, en concreto, así.

 

Los Mossos se han agenciado uno. Dicen por ahí que les ha costado 100.000 euros, que seguro que es bastante menos de lo que cuesta el mantenimiento y reposición del parque (¿se llamará también parque o se llamará arsenal?) de lanzapelotas y sus accesorios (o sea, las pelotas), que es lo que el LRAD (siglas de Long Range Acoustic Device, Dispositivo Acústico de Largo Alcance en castellano) ha venido a sustituir porque lo de los ojos vacíos ya empezaba a hacer feo; mucho mejor estéticamente un tímpano roto, dónde va a parar.

 

Hace unos días, en Barcelona, había convocada una manifestación de apoyo a la gente de Gamonal, ya saben: los de Burgos, los que están en contra del bulevar. Fue aquella la ocasión para que los Mossos estrenaran su nuevo juguete. Decidieron hacerlo en una calle estrecha del Raval: la Calle Carretes. Ahora les voy a contar cómo es esa calle: hace unos cuatro o cinco metros de ancho, lo sé porque he calculado que si me tumbo con los pies apoyados en la fachada de mi casa, la cabeza me llega hasta más o menos un tercio de la calzada y si hago la sardina dos veces más acabo con la cabeza en la fachada de la casa de enfrente. Yo mido 1,60 más o menos, así que multipliquen. Las casas tienen unos cuatro pisos de alto y en los bajos hay bares, restaurantes, supermercados paquistanís, algún taller de diseñadores de ropa, un par de farmacias, peluquerías, locutorios, alguna frutería y viviendas también. Era un viernes hacia las diez de la noche cuando la poli sacó el cacharro. Muchos de estos establecimientos, que son de aquellos que se pasan por el forro la normativa en cuanto a horarios de apertura comercial, estaban abiertos y en pleno funcionamiento. Ah, un dato más: en la Calle Carretes no hay ningún hotel. Pienso que es importante esto último porque, durante toda la noche, se habían sucedido los altercados en Via Laietana, en Las Ramblas y en Rambla del Raval, que son calles anchas. Pienso también que los Mossos, puestos a estrenar el cacharrito, podrían haberlo hecho allí: había más gente que dispersar y el trasto tiene capacidad de sobra para barrer de gente, que es al final lo que hace, todo ese área, toda esa anchura de calle sin ninguna dificultad. Pero en seguida me viene a la cabeza que esas calles están llenas de hoteles y, no sé, igual es mucho sospechar, pero que eligieron una en la que no hay turistas y no había tanta bronca es un hecho que ahí está.

 

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Esto es lo que me contó un vecino sobre el LRAD: al principio le pareció que era una alarma de coche, luego vio que no podía ser; una alarma de coche no suena tan alto. Dice que salió al balcón y se encontró con que habían apagado todas las luces de la calle, que aquello era oscuridad, unos pitidos insoportables, más policías que manifestantes, carreras para ponerse a salvo... El caos. Dice que los furgones de los Mossos tuvieron que quedarse arriba, en la esquina, porque no podían coger la curva para entrar, que los Mossos tuvieron que bajar y hacer el recorrido a pie. Dice que lo habría grabado con el móvil pero que no se hubiera visto nada, que sospecha que la cosa esta de dejar la calle a oscuras lo hacen para eso: para que no quede constancia visual del asunto. Muy bien.

 

Esto es lo que me contó el camarero del Lupita, un bar que hay a media calle: estaban tan tranquilos dentro y, de repente, empezó a sonar un ruido infernal, se abrió la puerta y entró gente en tropel, tapándose los oídos.

 

Esto es lo que me contó el camarero de La Casa de la Pradera, otro bar que hay a la altura de L'Hort de la Bomba, unas manzanas más abajo: oyó ruido y salió a mirar. Vio que venía un montón de policía y que los que abrían la marcha llevaban una especie de maletín del que salían unos pitidos estridentes; que parecía una procesión. Ah, pero la cosa ¿la mueven?, pregunté yo. Si, sí: la van paseando por ahí, me contestó él.

 

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Bueno, pues una vez sabemos qué es un LRAD, podemos ponernos a hacer algunas deducciones. ¿Saben aquello de por sus herramientas los conoceréis? Se practica mucho en la arqueología, por ejemplo, ya saben, la edad de hierro, la edad de bronce... Vas recopilando instrumentos a partir de los cuales te haces a la idea de la vida que llevaba la gente de aquella época, de cómo se organizaban, cómo les funcionaba la lógica, etc. Hay cosas así que se pueden deducir de la máquina del ruido esta que acaban de estrenar. Por ejemplo: es una máquina disuasoria que funciona de manera indiscriminada; molesta lo mismo al tío que se está cargando una luna o pegándole fuego a un contenedor que a quien está en casa tranquilamente echándose una siesta. De hecho, puede que moleste más al de la siesta: el tipo de la calle puede huir, el del sofá ¿a dónde va a ir? Es fácil llegar a partir de esto a algunas conclusiones de cómo funciona la lógica actual de la autoridad: cualquier ciudadano, por el mero hecho de estar, en su casa, en la calle, merece ser víctima, aunque sea colateral, de este tipo de práctica policial. Somos masa, por si no les había quedado claro ya.

 

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Otra conclusión hace referencia a la responsabilidad del sujeto agente (de policía, claro): un lanzapelotas lo dispara un mosso: la pelota sale del arma de un individuo concreto y puede ir a parar al ojo de un individuo concreto también. Un LRAD es más responsabilidad compartida y, por tanto, diluida; el vecino que les citaba antes contaba que vio que sacaban la máquina de un furgón y que la llevaban entre tres. ¿Quién lo había activado? Vete a saber. ¿A quién, llegado el caso, habría que suspender? Vete a saber también; si cuando entre ocho se ponen a dar patadas ya es difícil saber de qué pie ha llegado el golpe más fuerte, pónganse a adivinar la responsabilidad de un tímpano roto a distancia. Con las luces de toda la calle apagadas además.

 

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En fin, que ya tenemos la novedad; que el LRAD funciona de maravilla; si todo esto pasó a las diez de la noche, yo llegué a casa a las doce y me encontré la calle tranquilísima, la masa dormida; no me enteré de qué había pasado hasta que vi al día siguiente en los periódicos la noticia de que la poli tenía un juguetito nuevo y me dio por investigar, me dio por ponerme a preguntar. Toda la información que obtuve fue como de anécdota, de cosa lejana; al final hablar de un ruido no es hablar de una porra; hablar de un recuerdo molesto no es enseñar un moratón. Es el arma perfecta el LRAD; es pegar sin dejar marca. Es un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la autoridad. Felicidades, Generalitat.

 

Isabel Sucunza

Isabel Sucunza (Pamplona, 1972). Vivió en Navarra hasta finales de los 90, cuando se le acabó el chollo de estudiar y decidió buscarse un trabajo en Barcelona. Lo encontró en la redacción de la Guía del ocio. Trabajar allá durante cinco años supuso una especie de segunda carrera sobre qué se cocía en la ciudad. Pasó después por BTV y TV3 como miembro del equipo de los programas "Saló de lectura" y "L'hora del lector", y aquello fue como una especie de tercera carrera sobre qué se cocía en los libros. En los últimos dos años ha publicado un libro suyo ("La tienda y la vida". Blackie Books) y ha colaborado en la publicación de unos cuantos libros de otros en Navona Editorial.