Menu

01

Welcome to China

Reflexiones sobre la nueva ley de la aborto

 

Isabel Sucunza

 

Ni hao. Estos días he andado super pillada leyendo cosas sobre la política china del hijo único. Desde 1979 funcionaba en China una ley que limitaba la descendencia de las familias a un hijo.  El Estado chino, a partir de ahora 爸 (papá), había echado cuentas y había decidido que eran ya demasiada gente, que la despensa no daba para todo el mundo y que se acabó: suficientes niños.

 

Últimamente, 爸 ha vuelto a echar cuentas. Siguen siendo muchos los chinos pero cada vez más viejos –problemón–, así que, a partir de ahora, la ley, más relajadita, amplía en zonas urbanas el número legal de niños a dos, siempre que uno de los padres sea hijo único.

 

Se dice rápido la ley, claro, pero ancha es China y, leyendo, leyendo, uno se va enterando de la cantidad de personal –entre informadores e inspectores– que hace falta para asegurarse de que se cumpla a rajatabla. También de los tipos de prevención que 爸 ha venido aplicando todo este tiempo para tal fin: desde campañas de popularización de métodos anticonceptivos, hasta la elevación de la edad a la que está permitido casarse en el país con el fin de evitar los años más fértiles de las parejas. Y también se entera uno de los castigos, en cuyo extremo más salvaje encontramos el del aborto forzado.

 

02

 

Uno de los casos más escandalosos sucedió a mediados de 2012. Feng Jianmei, una mujer china de 23 años, embarazada de siete meses, fue obligada a abortar por las autoridades de 爸, por no poder pagar la multa de 40.000 yuanes (5.000 €) que debía abonar por estar esperando su segundo hijo. Se publicó una foto suya, tumbada en la cama del hospital. No la busquen en sus googles, no quieren verla: a su lado, en la misma cama, casi en la misma postura que ella, que mira hacia otro lado, está el feto que le acaban de extraer.

 

¿Saben qué idea me pasó por la cabeza viendo aquella foto? Pensé horrorizada que bueno, al menos 爸 tenía un motivo de peso ­el del problema demográfico­ para disponer así de la voluntad y de los cuerpos de sus ciudadanas. ¿Saben en referencia a qué tuve ese terrorífico pensamiento? En referencia a la nueva ley del aborto de Gallardón, del PP.

 

La ley se llama "Ley orgánica para la protección de la vida del concebido y de los derechos de la mujer embarazada" (¿A alguien se le ha ocurrido ya hacer una tesis sobre la utilización del eufemismo en los nombres de las leyes restrictivas? Es un temazo). No me voy a poner a detallarles el contenido porque ya se lo saben y, si no, lo pueden consultar aquí. Lo que viene a estipular básicamente esta ley es que usted, señora embarazada, desde el momento en el que se preñó, además de perder su cinturilla de avispa, pierde también la capacidad de decidir sobre su futuro, que para eso ya están sus médicos, aunque tampoco se piensen que van a poder decidir demasiado porque se arriesgan a que les caiga desde un multón hasta penas de tres años de cárcel. Hay casos en los que la ley de marras sí observa el aborto como una decisión justificada y, por tanto, legal: es una lista de los horrores que lleva a pensar que lo ilegal en estos supuestos sería traer a esas criaturas al mundo. Imaginen la situación:

 

–Señora, la mala noticia es que su feto no tiene cerebro, la buena, que le dejamos que se lo aborten.

–Oh, gracias, Estado.

 

03

 

Así que tenemos de momento: por un lado, una ley que, puestos a comparar, casi que hace pensar que el sistema chino no es tan malo, por aquello de que el fin justifica los medios; porque es que esto que propone Gallardón ni siquiera funciona ni en términos maquiavélicos, es que ni en términos lógicos funciona: sumen esta ley a las restricciones aplicadas también recientemente a la ley de dependencia y concluirán que para estar gobernados por esta panda, casi que más nos valdría estar gobernados por los siete jinetes del apocalipsis. Tenemos también por otro lado una ley creadora de situaciones en las que, puestos en lo malo, te hacen desear lo peor: como cuando al padre le da un ictus y mientras se andan definiendo las consecuencias, el hijo se va a dormir pensando que casi mejor que se muera.

 

No hay por dónde cogerla, la ley de Gallardón. No es humana, no es de este mundo. Dicen que es ideológica, cuando en realidad pretende ser divina, pero de una divinidad de catecismo escolar, de aquellas del cielo y el infierno, de las del dios castigador. Es como si Gallardón hubiera perdido de vista que ha sido elegido por personas y hubiera empezado a pensar que ha sido un dios en el que unos pocos creen quien lo ha designado a dedo para hacer cumplir su plan de guiar al pueblo al cielo a golpes de bastón, marcando las sílabas de aquel mantra ochentero: "el cielo cuesta y aquí es donde, arbitrariamente, vais a empezar a pagar; con sudor. Fame!". Otra posibilidad es que Gallardón haya decidio erigirse en recuperador en la sombra de un retablo de personajes siniestros sacados de guiones de las peores telenovelas; ya saben: la pobre desgraciada que cae escaleras abajo, la niña que a mitad de curso se va a aprender inglés a un internado británico, la señora que, a las puertas de la senectud, en vez de tener un nieto tiene un hijo, etc.

 

No es esta una ley que juegue a favor de ningún país ni que juegue a favor de ninguna persona. No es una ley que ayude a hacer de este un sitio más habitable. Es simplemente una ley que hace que Gallardón, en su mundo de fantasía, se vaya a dormir tranquilo pensando que está cumpliendo con Dios, con la Virgen y con los angelitos. O con Galavisión. Y ahora el tío, ya lo ha anunciado, va y se dispone a emprender su viaje europeo defendiendo lo indefendible, presentándose sin vergüenza como ejecutor de una política que propone leyes solo sostenibles a base de trasnochadísimos dogmas de fe.

 

Welcome to China? Ojalá. Lo de aquí es peor.

 

Isabel Sucunza

Isabel Sucunza (Pamplona, 1972). Vivió en Navarra hasta finales de los 90, cuando se le acabó el chollo de estudiar y decidió buscarse un trabajo en Barcelona. Lo encontró en la redacción de la Guía del ocio. Trabajar allá durante cinco años supuso una especie de segunda carrera sobre qué se cocía en la ciudad. Pasó después por BTV y TV3 como miembro del equipo de los programas "Saló de lectura" y "L'hora del lector", y aquello fue como una especie de tercera carrera sobre qué se cocía en los libros. En los últimos dos años ha publicado un libro suyo ("La tienda y la vida". Blackie Books) y ha colaborado en la publicación de unos cuantos libros de otros en Navona Editorial.