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Crónica jonda

Cartografiando el entorno al ritmo de flamenco

 

Santiago García Tirado

 

Las perspectivas por las que se atiende a lo real tienen que ser múltiples si lo que se pretende es la búsqueda de la verdad, puesto que los hechos son poliédricos y sólo la falta de interés, o la presbicia inducida, los pueden reducir a meras estampas en 2D. Esto vale para el periodismo, la política y, no en menor medida, para quienes desde el ensayo se dedican a cartografiar el pensamiento y la cultura actual, con su mayor o menor poso de barbarie. El asunto es pertinente cuando ocurre que, en un país como España -signifique eso lo que signifique-, parece haberse invalidado en los últimos tiempos una de sus perspectivas más originales, la de la tradición sureña, seguramente mal entendida por esto que se denomina postmodernidad –signifique eso lo que signifique–, que parece avenirse mal con todo lo que no resulte cool y/o de importación. Y todo esto porque acaba de aparecer Silvia Cruz Lapeña (Barcelona, 1978) con una magnífica suite de textos que, bajo el título de “Crónica jonda”, recupera con todo su vigor esa perspectiva que parecía ya en desuso y se apunta así un gran tanto. Con un relato que suena a flamenco, a mucho sur, a la Barcelona de barrios de aluvión, Silvia Cruz pone el oído a su circunstancia para contarlo todo desde una perspectiva que, de tan poco usada, parece sin estrenar, pura vanguardia.  

 

La crónica que presenta Silvia Cruz Lapeña de la mano de Libros del K.O se define “jonda” y queda a la discreción del lector decidir si tiene que ver con el tema, con el estilo, o bien con esa perspectiva con que se persigue la verdad. Va de flamenco, por supuesto ­–Silvia Cruz es colaboradora de Rockdelux y deflamenco.com–, pero extiende su oído más allá del arte para capturar en sincronía el lamento de la España actual y contarlo con ese estilo que en Silvia es un flujo natural y a la vez sofisticado. “He usado el flamenco para entender el entorno”, dice la propia autora en un capítulo inicial que no inocentemente dedica a Paco de Lucía. Las sucesivas crónicas se encaminan hacia los festivales de referencia ­–la Suma Flamenca de Madrid, el Festival de Cante de las Minas, en La Unión, la Bienal del Flamenco, de Sevilla, la otra Bienal, la de Ámsterdam, y el Festival de Jerez­– y en cada uno de ellos el oído de Silvia Cruz se afina para rescatar tres, cuatro escenas dignas de ser reproducidas entre el público por su significación. De lo que hablan es de flamenco, y del estado actual de su querencia entre la gente culta, de los nuevos bailaores y músicos que se atreven con el piano ­–Dorantes­– o con el saxo ­–Jorge Pardo­–, incluso el contrabajo ­–Renaud García-Fons­– frente a los meneos de cabeza de los antiguos, que no acaban de verlo bien. Lo que ocurre es que el oído lo pone también sobre el elemento humano, y si, por ejemplo, se habla del machismo entre los flamencos, Silvia Cruz se expande con citas y estadísticas hasta ampliar la crónica a una panorámica general de la sociedad española, en su conjunto. Así, el mapa sonoro se va ampliando a la política cultural, a la decadencia del sistema sanitario, al turismo que invade y empobrece, al encaje entre modernidad y familia, a los desastres ecológicos, a Cataluña. Porque el billete de vuelta en cada viaje siempre lleva a Barcelona, la ciudad magnética, donde la autora experimenta con la misma intensidad el abrazo y diversas formas pulidas del desdén, pero donde le es imprescindible volver. Ese detalle, ese síntoma.

 

 

El talento aflora en el discurso página a página, de continuo. El flamenco propone el compás de cada discurso, pero Silvia Cruz no tarda en apuntar en otras direcciones con ideas luminosas, argumenta con agudeza, pone garbo en sus descripciones y en todo momento se mueve con el rigor que le exige el ejercicio del periodismo. “Elogiar sin matizar y con locura son cosas que solo se hacen por amor. Y yo no escribo por eso”. Nunca, sin embargo, el verbo se le emponzoña, y se cuida de derivar en sentencias, que es esa deriva intolerable hacia la magistratura de la verdad que en los últimos años va gangrenando el opinionismo. Su intención es otra, porque en último término lo que busca es despertar los sentidos al flamenco, a esa forma del arte que es única y que es próxima, y pop(ular), y que sin duda por eso ha sido ha tenido siempre mala prensa. El flamenco en sentido amplio, que hace arte de la música y que es actitud de vida: “¿Hay algo más flamenco que una mano hurgando en tripa?”. Y por aquí es por donde conquista “Crónica jonda”, un texto que recupera un ritmo y una vocación, diría que también un cierto barroquismo que parecía aniquilado por la posmodernidad. Como el propio Flamenco, que un día fue entendido por un músico culto como Falla y elevado a vanguardia, y que con el tiempo adquirió una dimensión internacional, lo que ha producido el contrasentido de que se le dediquen cátedras en el extranjero -Róterdam- cuando aquí sigue siendo un arte espurio para la red de conservatorios nacionales. Otro punto que queda en el libro para su análisis, y para seguir hurgando, como ya ha quedado claro que exige la ética Cruz Lapeña.

 

“Al hijo de Lucía” es la crónica deliciosa que abre el texto a modo de preámbulo. En ella aparece Paco de Lucía pescando en su vejez y regresando por el espacio-tiempo a ese niño que fue Francisco y pescaba boquinetes en Algeciras para poder comer durante los años del hambre. Desde ese punto nace una línea ancha y sólida que atraviesa todo el texto hasta su conclusión, como un eje que parte la historia del Flamenco en dos: hubo un antes y hay un después de Paco. Ese detalle del libro es iluminador para entender lo que está ocurriendo en ese arte, tradicional y futuro, preñado de posibilidades, que es el Flamenco. Lo es también ­–así lo quiere Silvia Cruz Lapeña­– para entender que la vida fluye al margen de cualquier voluntad, con su ritmo, sus antojos, llevándose a manotazos a gente querida sin que exista instancia a la que reclamar. Y no queda más que persistir viviendo, y anotando, parece decir la autora, y escogiendo puntos de referencia válidos, como Paco, para no dejarnos perder en el espacio animal y primario en que se transforma tantas veces el mundo. No abundan, pero ahí están las voces y los jadeos y las palmas en los que uno todavía reconoce un pálpito amigo, una referencia, como un punto fosforescente en la nada.

 

Crónica jonda"

Silvia Cruz Lapeña

Libros del K.O.

215 Págs.

 

 

Para redondear la faena, “Crónica jonda” lleva anexa una selección musical que no tiene precio, y no sólo porque ande por medio Spotify. Escuchar la música a la vez que avanza la lectura multiplica el fenómeno jondo. Lo asegura la autora, que recomienda administrar en dosis generosas:

 

 

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Santiago García Tirado

Soñó con llevar subliminalmente en su DNI una cifra capaz de avivar el deseo, pero llegó al mundo en 1967, con dos años de antelación para la fecha correcta; desde entonces no ha hecho más que constatar que siempre estuvo (contra su voluntad) en el tiempo equivocado para ser cool. Con empeño, y en contra de la opinión de las hordas hipsters internacionales, ha llegado sin embargo a crear la web PeriodicoIrreverentes.org, y colaborar en Micro-Revista, Sigueleyendo, Quimera y Todos somos sospechosos, de Radio 3. Sus últimas obras de ficción son Todas las tardes café” (2009, relatos) y La balada de Eleanora Aguirre” (2012, novela). En 2014 verá la luz su novela “Constantes Cósmicas del Caos”, con la que espera coronar su abnegada labor en beneficio de la entropía universal.

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