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Indies, hipsters y gafapastas

Un debate absurdo

 

Manu González

Fotografías del Primavera Sound 2014 de Rosario López, Foto del autor de Clara Martínez

 

Antes de comenzar esta crítica sobre este polémico libro hay que poner las cartas encima de la mesa para tenerlo todo muy claro. Así que lo primero es explicar los dos problemas básicos que tiene este libro.

 

Víctor Lenore ha escrito un libro criticando sin cuartel una moda cultural que solamente leerán los integrantes de esa cultura. No hay espacio para que alguien ajeno a las tres palabras que dan título al libro se acerque a este libro. Y aparte, todo el contenido sería francamente incomprensible si no se conoce un cincuenta por ciento de lo que se habla. Eso es evidente cuando Lenore comienza a nombrar teóricos sociales y antropólogos de los que apenas explica nada (y yo desconozco). El lector que no esté avezado en ensayos políticos y culturales estará tan perdido como la persona ajena al indie cuando lea sobre festivales como el Primavera SoundSonic Youth o Diplo. Ese es el principal problema de un libro que intenta acercarse a los grandes ensayistas musicales pero que, en manos de Lenore, se convierte en un texto revanchista, estéril, poco documentado y repleto de momentos chirriantes que, francamente, deberían haber sido rechazados por el editor.

 

El otro problema es que estamos ante un libro muy corto. De hecho, más bien parece una selección de artículos suyos recientes colocados juntos. Da la impresión de estar hecho con prisas y de estar gestionado como muchos ensayos actuales: tengo una idea, así que voy a justificarla con ejemplos aleatorios y frases sacadas de otros libros que apoyen mi teoría. Y la cuestión no es que Lenore tenga o no razón sobre el colectivo indie (porque muchas de las cosas que apunta son ciertas, apunto); la cuestión es que está fatalmente expuesto. En este sentido, realizar entrevistas –a grupos, a promotores, a gente de la calle, a periodistas–, hubiera podido aportar algo de luz y distintos puntos de vista, pero el autor ha decidido que no era necesario.

 

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Víctor Lenore hace años (en realidad, tampoco tantos) que decidió politizar su compromiso cultural, algo que a priori no es ni malo ni bueno. Puede ser bastante bueno, claro, denunciar muchas conductas antisociales en la música popular. Pero ese es un argumento que pierde fuerza cuando todas las críticas se dirigen hacia un único gueto musical; en este caso el indie (o hipster, o moderno, o gafapastas... lo siento, es que me entra la risa con este último término) y la cultura pop-rock (y en este sentido, un paseo por la lista de sus artículos más candentes en El Confidencial es una prueba de lo que digo). La razón por la que este colectivo es el único en el que el autor puede ejercer su nuevo planteamiento político es simple: es el único que conoce. Y es que Lenore nos habla en el libro de estilos como reggaetón, reggae, dub, moombahton, miami bass, cumbia, kuduro y muchos más, todos con raíces latinas y africanas, pero nunca he leído artículos suyos que profundicen en estos estilos más allá de nombrarlos como alternativas más excitantes que el indie, o para ponerlos como ejemplos de sonidos que el indie detesta. Lenore arremete en su libro contra Diplo, algo en lo que estoy totalmente de acuerdo (porque Diplo es bastante chorizo la mayoría de las veces), pero también es cierto que nos ha traído nuevos sonidos, y pongo la mano en el fuego que muchos de esos sonidos que Lenore tanto defiende los ha descubierto a través del propio Diplo. Así que resulta evidente que no puede extenderse sobre esos otras músicas porque es un turista, un turista blanquito que no es experto en el gigantesco alud de datos que contiene esa música (seamos franco, poca gente europea lo es). Cada sociedad tiene sus ritmos y, sobre todo, cada sociedad está encerrada en su propia burbuja étnica. Sería loable que todos (no sólo los indies, sino todos, desde el chaval de las favelas de Río hasta esos jóvenes de Costa Rica con el portátil o el rapero de South Central) se pudieran desapegar de sus prejuicios y abrirse musicalmente a otros estilos, pero me temo que eso va a ser muy difícil. Claro, Lenore quiere que sea el indie el primero en hacerlo, pero no exige a un chaval de Río que escuche a Swans o Fugazi. Más que nada porque el chico de Río se reiría de él.

 

Por eso el autor se centra en el colectivo en el que ha vivido toda su vida, un colectivo tan pequeño que da risa. Y por eso el tono del libro resulta en muchas ocasiones tan revanchista que da miedo. Lenore se declara de buena familia y reconoce que no habló "con otra persona de 'barrio' hasta después de cumplir los veintidós años". La suya es, por tanto, una huida de clases: del elitismo indie de clase media hacia otro tipo de elitismo, que pone el acento en lo global y lo social. Algo muy complicado teniendo en cuenta que Lenore no entiende el "barrio", y posiblemente no llegará a entenderlo en su vida. Desde su posición de burgués convertido a la causa social nunca entenderá que en la mayoría de los barrios (y lo sé por experiencia, porque yo sí me he criado en uno) no existe una conciencia social, sino que casi siempre se tata de un "salvase quien pueda", algo que el hip hop norteamericano ha demostrado una y mil veces en sus letras. Esto es triste, claro, y deberíamos luchar por cambiarlo. Pero a Lenore le parece más interesante mitificarlo, y contraponerlo a esa élite blanca, anglosajona y rica que él señala como indie-hipster (élite a la que, en cierto modo, continúa perteneciendo) como el camino correcto. Mitificar el barrio, lo popular, es una propuesta demasiado infantil para tenerla ni siquiera en cuenta; es algo que la burguesía española lleva haciendo desde siempre.

 

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Además, ¿y si alguien de ese "barrio" decide que no le interesan ni el flamenco ni el pop español, y que prefiere escuchar a FugaziSonic YouthKLFPublic Enemy? Evidentemente, sería tachado como hipster por Lenore. Y eso que indies de barrio hay más que indies burgueses. ¿Por haber nacido en Hospitalet me debería de gustar Estopa? No, por supuesto; el problema de politizar la música es confundir lo social con lo popular, algo que Lenore y muchos amigos suyos hacen (en ese colectivo llamado Ecos del Gueto, que ha pinchado en el Primavera Sound, un foco del mal según este libro). La música popular (y aquí podríamos poner como ejemplo el reggaetón) apenas es social; a muchos de sus músicos no les interesa en absoluto el estado de su gueto, sólo quieren salir huyendo de allí con sus bolsillos bien repletos (algo que, por cierto, no tiene por qué ser criticable). Del mismo modo, que exista algo de música latina social no significa que toda la música latina sea social; suele ser una minoría, por desgracia. Y es que mirar los problemas desde la platea (el barrio de Madrid en el que vive) y moralizar sobre los gustos musicales de la gente pobre es algo que considero mezquino.

 

Otro punto discutible en su planteamiento es el subtítulo, "Crónica de una dominación mundial". Otro error. Que los publicistas (normalmente, gente hipster que se ha hecho hipster porque es una moda) metan hipster en los anuncios no significa que todo el mundo sea hipster. Es más, en muchos lugares de España el anuncio de San Miguel se ve como un rara avis, en plan "¿y-esta-gente-qué-coño-hace?" (basta salir de la ciudad y acercarse a cualquier pueblo para comprobarlo). De hecho, la música indie sigue siendo minoritaria si la comparamos con el resto del mundo, algo que Lenore no indica en ninguna parte de su libro: en Sudamérica indie rock hay poco, poquísimo, y los géneros dominantes son las miles de variaciones de música latina que existen, y África sigue siendo un gran desconocido, un continente en el que ningún crítico blanco metería la mano porque sabe que nunca llegaría a profundizar ni un ápice.

 

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Lenore se olvida, no sé si a propósito, de que los tres artistas más influyentes de la música popular actual son BeyoncèJay-Z y Shakira, tres artistas que de indie y hipster tienen bastante poco. Es cierto que el modelo indie anglosajón está bastante extendido en España, pero él lo dice como si todo el público que va al Primavera Sound y el Sónar fuera español y hipster, cuando se ha demostrado que más de la mitad viene del extranjero, normalmente anglosajón o de otras partes de Europa influidos por esa cultura. La cultura indie continúa siendo muy minoritaria en España (y un vistazo semanal a la lista de éxitos o a los conciertos que más llenan en el Sant Jordi de Barcelona lo confirma: comparen a Malú con Morrissey), pero según Lenore, esa es la cultura que más representación tiene en los medios. Debe saber algo de esto, porque hubo una generación de periodistas de Rockdelux que comenzó a escribir en medios de prensa generalistas: ahí está Nando Cruz en El Periódico o el propio Lenore en La Razón. O sea, que fue él uno de primeros que comenzó a hablar de Los Planetas en los grandes medios. Personalmente, como seguidor de la música electrónica, me cabreaba mucho que estos periodistas sólo sacaran el tema electrónico cuando el Sónar estaba a punto de comenzar, y que el resto del año siguieran hablando de los mismos grupos indies nacionales de siempre, y que a mí no me interesaban en absoluto.

 

Así que podría darle la razón en ese punto, pero es que actualmente el trabajo de Lenore en los medios es muy parecido al que ya hacía entonces, por mucho que intente enfocarlos desde un prisma político y social. En sus últimos artículos habla sobre los SmithsThe Rolling Stonesla Reina Letizia (¿¿¿???), ColdplayLeonard CohenSwans; incluso ha escrito una guía para valorar si eres un cultureta. Los únicos apuntes a otras músicas son una entrevista a los directores del Sónar (en la que, se lo pueden imaginar, le importan más las ideas políticas de los directores del Sónar que la música electrónica), un informe sobre capos mafiosos de Miami y su influencia en la canción del verano y un artículo sobre el fallecido Gustavo Cerati, que es posiblemente uno de los artistas más anglosajones de la música argentina. Poco más. Veo cómo se enfada porque los grandes medios no hablan de Juan Magan, y yo me pregunto si no sería más lógico dedicar espacio a sellos como Disboot o Lapsus, sellos de música electrónica que no conoce casi nadie, y que están haciendo un trabajo encomiable a la hora de sacar a la luz a artistas locales, mientras que Magan vende miles de discos y sus conciertos están siempre llenos hasta la bandera (con el agravante de que, seamos francos, la música que produce es cero arriesgada e imaginativa). Incluso sería más lógico que hablara de grupos de cumbia electrónica como Frikstailers (que todo lo que hacen es oro puro) en vez de quejarse acerca de por qué en los medios nunca aparece Daddy Yankee.

 

Quizás lo más chirriante de este libro son dos párrafos que resultarían insultantes dentro de cualquier ensayo musical. En el comienzo del artículo nueve, "¿Por qué nos hacemos hipsters?"Lenore escribe una parrafada repleta de odio al estilo de Alfonso Ussía o Salvador Sostres, dos columnistas bastante recalcitrantes. Una visión tan completamente cerril que no merece ninguna consideración (sobre todo ese tramo final, en el que señala que si quieres ser hipster y no tienes dinero, puedes escribir gratis en una revista de moda para así entrar gratis en los sitios... un buen ejemplo del tipo de argumentos que el autor utiliza para empezar un debate, y que supuestamente no tienen un ánimo revanchista).

 

Y aún más vergonzoso es lo que sucede en la página 122, cuando ataca una serie de injusticias laborales del indie cultural sin citar nombres, poniendo ejemplos reales (que muchos hemos adivinado) de lo mal pagado que está el indie nacional. Que alguien que proclama ser de izquierdas escriba este párrafo al más puro estilo político o banquero de derechas, en plan "digo eso pero sin decir nombres, porque si yo hablara…" me parece deleznable. Cuando se acusa se debe dar nombres y datos, nunca tirar la piedra y esconder la mano.

 

Muchos dirán que Lenore es, por lo menos, honesto, y, otros, señalarán que es valiente (como si los fans de Camela recibieran palizas cada semana de hordas de hipsters sedientos de sangre o algo parecido), pero lo cierto es que ni la honestidad ni la valentía son sinónimos de veracidad. Algunos podrían decir que este libro inicia un debate. Un diálogo. Sí, como Rajoy con el asunto catalán, un diálogo que el propio Lenore zanja en la última frase del libro donde dice que "no encuentro motivos para conservar casi nada de una cultura tan alienada y excluyente como esta". Es un libro de enfrentamiento: mi verdad contra la tuya y la tuya es la mala. Cero diálogo, a mi entender.

 

Para rebatir gran parte de este libro haría falta otro libro, que es algo que no pienso hacer. El planteamiento de Lenore no es malo, pero no existe el debate sobre ciertos conceptos sobre la libertad de los individuos. Todo el mundo tiene derecho a identificarse con una cultura o un tipo de música, y si ese tipo de música no es política, eso es algo que la crítica no debería juzgar ni prejuzgar. Si al autor sólo le interesa la cultura política, debería informar sobre esa cultura, pero no dar mil vueltas al concepto de que " vuestra cultura indie es de derechas y racista y machista y...". Debería escribir sobre guetos musicales, pero informándose bien, mojándose la camisa y conviviendo varios meses con esos guetos. Si su odiado Diplo lo ha hecho, ¿por qué no él? Debería informar también sobre sonidos nuevos, que es algo que no ha hecho nunca como periodista (o por lo menos, a mí no me ha descubierto nunca nada nuevo, no como otros críticos), en lugar de rellenar hojas en blanco contando lo caducos e inmovilistas que son los hipsters. A fin de cuentas, cuando Lenore era joven, cuando no existía internet, bien que escribía sobre post-rock y no perdía el tiempo con artículos sobre lo malo que era ser seguidor de El Último de la fila. Debería hacer lo mismo ahora (pero sobre cumbia electrónica o lo que quiera), y tal vez entonces, podríamos empezar a tomarnos un poquito en serio su punto de vista.

 

 

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"Indies, hipsters y gafapastas, crónica de una dominación cultural"

Víctor Lenore

Capitán Swing

155 págs.

Comentarios
Manu González

Hizo su primer trabajo periodístico entrevistando a Derrick May por fax en 1995 para la desaparecida revista aB. Desde entonces, este natural de Hospitalet de Llobregat (1974) ha colaborado en publicaciones como Qué Leer (donde se encarga de la sección de cómic), Guía del Ocio BCN, Playground Mag, Revista Trama, EnBarcelona Magazine, Terra Gum, Hoy Empieza Todo (RNE 3), Agenda San Miguel o los catálogos del Festival Sónar 1997 y el Festival Doctor Music 1998. Experto en cómic y literatura fantástica, ha colaborado con editoriales como RBA, Random House Mondadori y Círculo de Lectores. Pero sobre todo es conocido por haber sido el Jefe de redacción de la revista Go Mag desde mayo de 2001 hasta su último número en junio de 2013.

manu@blisstopic.com

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