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Kate Tempest

El ojo que todo lo rima

 

Marc García

Fotos Eric Altimis

 

Si la afirmación, tantas veces desenfocada, de que los raperos son los nuevos poetas urbanos y comprometidos merece revisarse es por figuras como la de Kate Tempest. Autora de uno de los indiscutibles discos del año, “Let Them Eat Chaos” (Lex Records, 2016), Tempest es también una poeta de pleno derecho, elogiada por plumas distinguidas como la de Jeanette Winterson o la crítico-gurú Michiko Kakutani.

 

 

A España ha llegado su “Mantente firme” (La Bella Varsovia, 2016, traducción de Alberto Acerete), un poemario de versos compactos, rítmicos, transparentes y muy narrativos, comandado por una voz de fuerte impronta autobiográfica que emerge, baqueteada pero triunfante, de un lugar de alteridad y rechazo, donde los vislumbres de la memoria suceden a las transformaciones de lo mitológico que actúan como hilo conductor del texto, y donde, mientras lo cotidiano se mezcla con lo sacro, la conciencia se modula en poemas interpelativos y cortantes, de acentos a veces negramente irónicos, en muchas ocasiones graves. Por su parte, a “Let Them Eat Chaos”, disco/libro de consagración, lo preside un aliento no sólo literario, sino, cerca del “Good Kid, M.A.A.D City” de Kendrick Lamar, uno cinematográfico: en su vuelta de tuerca al modelo de las historias cruzadas, Tempest bebe sin disimulo de sus dos modelos más célebres, el “Short Cuts” de Robert Altman y su alumna aventajada (quizá más brillante, pero también más manierista y manipuladora) “Magnolia”, de Paul Thomas Anderson, que acudían al mismo recurso para contornear sus clímax: una tormenta catártica y purificadora, presentada con imágenes de dylaniana dureza, que aquí comparece para reunir a los siete protagonistas, despiertos a la misma hora y en el mismo edificio sin conocerse.

 

 

La voz y el ojo del narrador se mueven sucesivamente de unos a otros, presentándonoslos en orden y dirigiendo nuestra mirada, sin olvidar su naturaleza de cámara, conscientemente explicitada en el texto: “We start from the corner”, dice en uno de los cortes; “See it from above”, ordena en otro. Tempest emprende un recorrido cíclico que va de lo general a lo particular, y de vuelta a lo general de nuevo: al aliento cosmogónico del arranque le siguen incisivas pinceladas descriptivas de un costumbrismo desolado y seco, y a éstas, un ejercicio encadenado de ventriloquia, rubricado por una tronante proclama en primera persona. Tempest dispone un coro teatral, siempre atento a las modulaciones de tono (autoflagelatorio, ácido, apocalíptico; intoxicado, animoso, perplejo; agitado, depresivo, fúnebre), que le permite atender a un amplio espectro de problemáticas y sentimientos: las patologías del amor y su ausencia, las derivas de la urbe contemporánea, la cotidianidad teñida de luto, la festividad adocenadora, el inexplicable aguijón del vacío, los oídos sordos ante lo ajeno, la vivienda, en fin, convertida en quimera. El disco, dispuesto sobre un tapiz electrónico donde se suceden lo oscuramente paisajístico, lo abruptamente bailable y lo secamente afilado, alterna remansos hablados con picos de intensidad creciente que se precipitan en estribillos que aportan alivio (uno de ellos, una interpolación oscurecida de un tema de Sister Sledge); menos melódico que The Streets, de una austeridad más matizada que la de Sleaford Mods, el cockney sorprendentemente transitable de Tempest comanda un álbum que, salvando las distancias, quiere ser, con Whitman, canto a la unidad de lo humano, y, con Eliot, conjunto evocador de imágenes rotas después de la tragedia.

 

 

 

Si a los alcances de sus textos, en este caso explícitamente hechos para ser declamados, acaso les acabe perjudicando cierta explicitud explicativa, algún que otro acceso didáctico, en el directo que ofreció en Apolo hace apenas un par de semanas esas carencias se suplieron con una energía, intensidad y convicción intensificadas hasta el extremo de lo inaudito. Como pudimos apreciar en su directo del pasado 8 de noviembre en la Sala Apolo de Barcelona, Kate Tempest es una performer superdotada, que incorpora lo escenográfico en la disposición de su material, pero también en el modo de representarlo: su mímica es la de sus personajes, y el temblor literal que la recorre en los interludios es parejo al de la tormenta que desencadena en el escenario y en el texto. Con una robusta banda de directo (sintetizadores, programaciones, baterías electrónicas), un envolvente juego de luces, una especial atención a las ondulaciones rítmicas del espectáculo y una furia capaz de astillar los bordes de las canciones, su recorrido ordenado por “Let Them Eat Chaos”, que anunció que iba a emprender ya en el prólogo del concierto, no sólo ilustraba la irrompible unidad conceptual del álbum que presentaba: reflejaba también la confianza en su material de una creadora consciente de encontrarse en un momento óptimo de forma. Ceremonia comunal y participativa, encendido mitin político, terreno genéricamente fronterizo y espacio para la expresión de una voz auténtica y honesta, empática y concernida: he ahí en lo que logró Kate Tempest transmutar uno de los conciertos del año, vivido en medio de un entusiasmo inusual y creciente; noventa precisos minutos y un bis de “Brand New Ancients” a capella que nos lanzaron a la noche convencidos de seguir siendo míticos.

 

Comentarios
Marc García

Marc García (Barcelona, 1986). Licenciado en Humanidades (UPF) y Teoría de la Literatura y Literatura Comparada (UB). Ha colaborado en medios como Quimera, Qué Leer, numerocero, Revista de Letras, Hermano Cerdo, The Barcelona Review Panfleto Calidoscopio. Trabaja como editor de mesa, y es también corrector, redactor, traductor y lector editorial.