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PJ Harvey

Un recorrido emocional, disco a disco

 

Veinticinco años separan “Dress” (91), el single con el que debutó PJ Harvey, y “The hope six demolition project” (16), el disco que aterriza en las tiendas esta semana. Entre medias, la menuda morena de Somerset ha publicado diez álbumes, incontables singles y algún que otro proyecto paralelo. Un corpus de obra que ha ido variando en cuanto a sonido y significado: si en discos como “Dry” (92) o “Rid of me” (93) hacía bandera de una feminidad desacomplejada y salvaje, más tarde fue tejiendo una visión del rock romántica e intimista, y ha terminado (de momento) por lanzarse a las aguas de la reivindicación política, apoyada en una música que alterna, y a veces superpone, lo experimental y lo musculoso.

 

Cambios de piel que siempre han llegado acompañados de grande discos y de grandes canciones, de esas que se quedan pegadas a la memoria y se convierten en crónica emocional, en banda sonora de ciertas épocas vitales. Y precisamente por eso, porque existen muchas PJ Harvey distintas, en Blisstopic hemos convocado a varios de nuestros colaboradores y a algunos amigos de la casa para que nos cuenten precisamente eso, cuál es su disco preferido de la cantante y por qué motivos: un auténtico recorrido emocional por la obra de una autora irrepetible.

 

Puedes ver los diferentes discos de la lista haciendo click en cada título.

 

PJ Harvey

Un recorrido emocional, disco a disco

 

Veinticinco años separan “Dress” (91), el single con el que debutó PJ Harvey, y “The hope six demolition project” (16), el disco que aterriza en las tiendas esta semana. Entre medias, la menuda morena de Somerset ha publicado diez álbumes, incontables singles y algún que otro proyecto paralelo. Un corpus de obra que ha ido variando en cuanto a sonido y significado: si en discos como “Dry” (92) o “Rid of me” (93) hacía bandera de una feminidad desacomplejada y salvaje, más tarde fue tejiendo una visión del rock romántica e intimista, y ha terminado (de momento) por lanzarse a las aguas de la reivindicación política, apoyada en una música que alterna, y a veces superpone, lo experimental y lo musculoso.

 

Cambios de piel que siempre han llegado acompañados de grande discos y de grandes canciones, de esas que se quedan pegadas a la memoria y se convierten en crónica emocional, en banda sonora de ciertas épocas vitales. Y precisamente por eso, porque existen muchas PJ Harvey distintas, en Blisstopic hemos convocado a varios de nuestros colaboradores y a algunos amigos de la casa para que nos cuenten precisamente eso, cuál es su disco preferido de la cantante y por qué motivos: un auténtico recorrido emocional por la obra de una autora irrepetible.

 

Puedes ver los diferentes discos de la lista haciendo click en cada título.

 

Dry

 

 

Dry

Too Pure, 1992

 

 

Hubo un tiempo en el que el deseo, la curiosidad, el misterio y el descubrimiento de la identidad sexual ocupaban gran parte de mis intereses, supongo que como le sucedía al noventa por ciento de los jóvenes que rondaban los dieciséis años.

 

Todo aquello explosionaba sin pudor y con la tierna e inquieta ingenuidad de quien todavía tiene un mundo por descubrir. En mi caso, esa identidad se vislumbró en una bisexualidad que empezó más por amor que por atracción sexual, pero que al final también acabó sucumbiendo a la belleza y la curiosidad en general, tanto de hombres como mujeres.

 

El disco que más me acompañaba en esa época era el ”Dry” de PJ Harvey. Sus letras expresaban mejor que ninguna todo lo que yo estaba viviendo en ese momento: la pasión, el deseo, la curiosidad, la búsqueda de identidad, el simbolismo de lo bello, la tensión. Sus canciones eran sucias, crudas, sin pulir, como mi adolescencia. Como un caballo desbocado que se alza sin rumbo por puro instinto a explorar el mundo que le rodea.

 

“Dry” era el eje donde todo mi mundo caótico interior cobraba sentido y reposaba. Allí me sentía en casa. Marina Gallardo

 

 

Rid Of Me

 

Rid of Me

Island, 1993

 

El único disco de PJ Harvey que he escuchado entero es “Rid of Me”, y fue por casualidad.

 

En 2002 hice un viaje en coche con unos amigos. Íbamos al FIB a ver a Radiohead y desde allí nos iríamos a Salamanca, a ver a Radiohead de nuevo. Creo que alguno de los dos amigos que me acompañaban en ese viaje debió dejarse la cinta allí, y digo creo porque realmente nunca supe cómo acabó ese casete con el “Rid of Me” en mi coche, bajo el asiento del copiloto. Era una cinta de casete sin estuche, sin más información que una pegatina en la que se leía “pj harvey rid of me” en una caligrafía irregular y angulosa, escrito con un bolígrafo azul claro con poca tinta.

 

En los meses siguientes a ese verano la cinta estuvo en la guantera del coche; lo cierto es que nadie la reclamó, yo tampoco busqué a su legítimo dueño y nunca la puse porque, en el fondo, PJ Harvey no me gustaba demasiado. 

 

Nunca he sido de los que devoran cantidades ingentes de música, ni he sido nunca bueno metabolizando discos deprisa; necesito tiempo y muchas escuchas para que un disco me cale o signifique algo para mí. No sé si es que soy especialmente poco permeable a las novedades o que, simplemente, cada uno tiene su forma de entender esto y a mí siempre me ha dado lo mismo ser el que menos nombres de bandas de moda se sabía en las fiestas. De hecho, siempre me han dado bastante igual las fiestas porque donde sí que terminaba asimilando las canciones que escuchaba era en otro contexto, en otros momentos, generalmente a solas y generalmente en el monte. Así fue que “Rid of Me” sí que llegó a significar algo: un día decidí meter la cinta en la radio del coche y, durante un buen tiempo, fue lo único que escuché mientras conducía;  la mayoría de las veces camino de algún embalse, para pescar. La verdad es que no recuerdo cuánto tiempo estuve escuchando sólo ese disco en los viajes de pesca, pero diría que al menos un año. Únicamente en los viajes, sólo cuando iba a pescar, solo. Lo primero que sonaba al montarme en el coche antes del amanecer y lo último que sonaba a llegar a casa... hasta que el radiocasete de mi coche decidió que había llegado el momento de devorar la cinta y la destrozó de manera irreversible. No sentí la necesidad de reponer aquel disco.

 

Nunca supe los títulos de las canciones y, hasta ahora que los he buscado, no había puesto nombre a los momentos que sí que, en cambio, recuerdo muy claramente. Hoy es dieciocho de abril de dos mil dieciséis y hacía unos trece años que no escuchaba el disco completo ni pensaba en aquel tiempo, y sin embargo escucho “Missed” y recuerdo claramente el carril de La Calera, una finca a cuyo embalse me dejaban bajar a pescar. Llego a “Man-sized (sextet)” y me acuerdo perfectamente de lo desconcertante que me resultaba y de que tenía perfectamente calculado el tiempo que tenía que tener pulsado el botón de fast-forward para llegar justo al principio de “Highway '61 revisited”, y cómo me gustaba cómo sonaban sus primeros compases. Nunca supe cómo empezaba el disco, ni cuál era la última canción. Para mí no era más que un bucle que nunca paraba si no era para parar el coche también. Fueron buenos tiempos aquellos, y no sólo porque la pesca fuera mucho mejor que ahora.

 

Mi compañero en I am Dive y socio en WeAreWolves Records se echa las manos a la cabeza cuando le digo que no he escuchado “White Chalk”, ni las colaboraciones con Thom Yorke en “Stories From the City, Stories From The Sea”, y la verdad es que a veces pienso que Harvey, como otros muchos nombres ilustres que han pasado sin pena ni gloria por mis últimos años, quizás merecería una nueva oportunidad, que quizás debería escucharme su discografía completa y leerme algunos libros sobre ella para poder escribir artículos como éste desde un conocimiento más profundo, desde una perspectiva menos distante. Quizás sí, pero la verdad es que sigo prefiriendo ese escenario, en el que la música que termina siendo relevante para mí no lo es por más motivos que por la música en sí misma y no porque se suponga que tiene que serlo. Así están desde siempre los discos que no se me olvidan, y así quiero que sigan llegando los que tengan que llegar; aunque todos sepáis más nombres de discos de moda que yo. Qué le vamos a hacer. Esteban Ruiz (I Am Dive)

 

 

4-Track Demos

 

4-Track Demos

Island, 1993

 

 

 

Se necesita muy poco para poder afirmar que “4-Track Demos” (Island, 1993) es el mejor LP de toda la carrera de Polly Jean Harvey. Tan sólo comparando la inicial “Rid of Me”, con PJ sola a la guitarra y la voz, con su homóloga en el LP “Rid of Me” (Island, 1993), con Steven Vaughn al bajo y Rob Ellis a la batería, ya se advierte toda la grandeza de este disco. O más bien, toda la grandeza de una PJ sencillamente eruptiva que lo da todo en unas sesiones a solas sin otro compromiso que su propia motivación.

 

Como ya se había hecho con algunas ediciones limitadas de “Dry” (Too Pure, 1992), Harvey quería que "Rid of Me” fuera un doble LP con las versiones domésticas y en estudio de las mismas canciones. Finalmente, Island impuso un criterio más conservador: “Rid of Me” se centraría en las sesiones con Steve Albini en Chicago y “4-Track Demos” sería un artilugio limitado para coleccionistas (a precio reducido).

 

Obviamente, quien tomó esa decisión no había comparado el sonido de ambas grabaciones. A Harvey no le hacen falta Albini, ni Vaughn, ni Ellis. No necesita estudio, ni bajo, ni batería. Sólo su voz y su guitarra. A la violencia y crudeza de sus letras se le suma una interpretación muy por encima de la media: los gritos guturales de PJ en “Legs” o “Snake”, el torrente de su guitarra (“50 Ft Queenie”) siempre hiriente y el contraste con sus propios coros dibujan un disco de pura pasión, deseo y dolor. La incorporación del blues en “Ecstasy”, con una manera de implorar casi digna de Beth Gibbons, y en el bello final con “Goodnight” abre el abanico de sus referentes y de sus registros compositivos.

 

Además, la pose de Harvey en la contraportada –desnuda y envuelta en celofán como si fuera un producto más– y en la portada, en ropa interior y exhibiendo las axilas sin depilar resume perfectamente el contenido lírico del disco: rico, contradictorio, desafiante, terrible y vulnerable al mismo tiempo. Con un discurso propio totalmente diferenciado, en forma y profundidad, de sus contemporáneas riot grrrls.

 

Grabado con un simple cuatro pistas (ejem) que finalmente la discográfica regaló a un fan a través de un concurso (a saber dónde estará ahora), “4-Track Demos” es, sin ninguna duda, el mejor disco de PJ Harvey. Como diría Neneh Cherry: “más crudo que el sushi”. Half Nelson

 

 

To Bring You My Love

 

To Bring You My Love

Island, 1995

 

20 de Abril de 1995 (lo he tenido que mirar en google, claro que no me acuerdo de la fecha exacta, de hecho, la fecha la he visto en un post de todocolección.net. Un post de un señor que vende la entrada del concierto a 4,50€).
 
Yo tenía 18 años y estaba en casa de mi amigo Albert en el Guinardó, con el Espi, otro amigo. Teníamos casi mil pesetas de costo apaleao del malo y lo queríamos para el concierto de PJ. Primero Tricky, después PJ y mil pelas de costo, nada más. Les dio pereza hacer muchos porretes para el concierto y hicimos una sola "Ele" para fumárnosla entre canción y canción.
 
Yo no sé cuándo nos la fumamos, pero de ese concierto sólo recuerdo que cuando tocó Tricky, tenía unos tíos delante vestidos como ravers de los más curraos diciendo que eso que estaba cantando el de Bristol era de Public Enemy (¿Public Enemy ? ¡eso es rap! Yo soy indie, pero por la cara que ponen estos tíos tendré que escuchar algún dia rap, a estos tíos les mola Prodigy y hablan de rap, a lo mejor el RAP mola, no sé...).
 
Luego salió ella, pintada como una puerta antigua. "I was born in the Deseeeeert ..."
 
- Oye Albert, esa guitarra que lleva es muy rara, tío".
- ¿Guitarra? Què dius, tiu? No lleva guitarra! ...
- Ah...
...
- Me refleja mucho el vestido ese de lentejuelas que lleva verde, me ciega, no veo.
- ¿Qué verde? Es Blanco, nen, es blanco. 
...
- Albert, para de empujarme tío, para ya hombre...
- ¡Que no te empujo, qué eres tú, que te caes contra mí!
-Ah, perdó, perdó. Perdona...

No me enteraba de nada y recuerdo poca cosa más.
 
Esa noche me quedé a clapar en casa de Albert. No podía dormir ni de coña y vi claramente como un cangrejo traslúcido y de colores fosforecentes se descolgaba, como una araña se descuelga de su hilo, de la lámpara central de la habitación donde dormía y salía corriendo de mi campo visual. 
 
Por la mañana me despertó el "Big day coming", la primera del "Painful" de Yo la Tengo. Un despertar perfecto, el despertar más indie de mi vida. Qué hijo de puta, el tío tenía una cosa para programar los cedés y poner la canción que le diera la gana como despertador. Yo no tenía eso y me pareció la cosa más cojonuda inventada hasta el momento.
 
A la PJ la vi tres o cuatro veces más después, pero yo ya no era tan indie y ya había empezado a escuchar algo de RAP y me gustaba y todo. Suppaduppa

 

 

Dance Hall At Louse Point

 

Dance Hall at Louse Point

Island, 1996

 

Igual que le sucedió a casi todo el que lo compró, la primera vez que escuché “Dance hall at Louse Point” sentí una gran decepción. Deben entenderlo: para aquel joven Vidal Romero, que superaba por poco los veinte años, llevarse un disco a casa significaba tener que dejar otra media docena en la tienda, así que si la elección salía rana el mosqueo estaba garantizado.

 

Lo que más me fastidiaba, además, es que detrás de una tríada de discos que me habían volado literalmente la cabeza; detrás de un álbum como “To bring you my love” (95), repleto de contrastes y de orquestaciones lujuriosas, esta nueva entrega sonaba deslavazada y pobre. Sonaba más a capricho de andar por casa, a experimento en baja fidelidad, que a disco realizado de una manera seria.

 

Fue sin embargo el orgullo propio (después de todo había pagado por aquel disco, y no estaba dispuesto a condenarlo sin más al ostracismo), el que me empujó a vencer la decepción y adentrarme en las entrañas de la criatura: la que me hizo comprender que, detrás de aquellas percusiones herrumbrosas, detrás de aquellas guitarras afiladas, detrás de aquellas atmósferas de aire siniestro, se escondía un puñado de canciones de una belleza extraña pero adictiva.

 

Canciones de rock cubista, voluntariamente ariscas y desnudas, para las que una PJ Harvey más que generosa (su decisión de permanecer en un segundo plano y no embarcarse en cuestiones promocionales estaba pensada para ceder todo el protagonismo a su amigo) escribió algunas de sus letras más intensas: ahí están las súplicas vanas hacia el amante que resuenan en “That was my veil”, ese fino retrato de una relación en descomposición que traza “Civil war” o la idea de redención y supervivencia que flota en la estupenda “Is that all there is?” para demostrarlo.

 

El resultado, hoy día, sigue tan fresco y rasposo como entonces, y eso demuestra que las decisiones de producción y las canciones siempre fueron buenas. Es más: para mucha gente, “Dance hall at Louse Point” es una obra menor dentro de la discografía de la tita Pe Jota. Para mí, en cambio, sigue siendo uno de sus títulos más logrados, un disco al que suelo volver con cierta frecuencia, veinte años más tarde. Vidal Romero

 

 

Is This Desire?

 

Is This Desire?

Island, 1998

 

Me enganché a PJ Harvey con “Is This Desire?”. Quedé subyugado por la absoluta libertad de sus arreglos, por su experimentación crepuscular, por la constatación de que no había límites, de que un mellotrón podía acompañar a un bajo sintetizado y a ritmos electrónicos en “My Beatiful Leah” y de que la mixtura sonaba con absoluta coherencia. Sus nebulosos paisajes me han acunado en múltiples ocasiones, acompañado en momentos de tristeza, movido a la reflexión, acariciado, al mismo tiempo que alertaban de su peligro, como el viento que te golpea la cara al asomarte a un precipicio.

 

La propia Polly Jean ha afirmado en varias entrevistas que éste es el disco del que se siente más orgullosa. Lo considera su cima artística. A buen seguro no será uno de sus trabajos más vendidos, difícilmente un disco tan oscuro, depresivo y atrevido puede llegar a serlo, pero me aventuro a asegurar que pasará a la historia como uno de sus clásicos. Una obra de arte fruto de la introspección, convincente e inmarchitable. De hecho, sigue sonando en mis auriculares mientras escribo estas líneas y la sensación de peligro perdura en él, dieciocho años después de su grabación, como el primer día. Vívida, transgresora, arrebatadora. Marc Ferreiro

 

 

Stories From the City

 

Stories From The City, Stories From The Sea

Island, 2000

 

Nueva York es única. Como PJ Harvey. Tenía que irse una temporada allí para dedicarle esta oda a la ciudad y a los sentimientos que vivió allí. Hay tantas Nueva Yorks como personas la han vivido, durante toda su vida, por unas horas o por unos instantes. Yo tengo a mía, tú seguro que tienes la tuya. La mía durante mucho tiempo tuvo la sonoridad de PJ Harvey en este disco en concreto. Tiene muchas otras sonoridades pero con Polly Jean descubrí una ciudad diferente. Igual que ella.

 

Era una PJ distinta, más directa, más en esencia, casi minimal. Nueva York tenía para mi entonces la melodía de su voz desatada. Me imaginaba paseando por las calles de la Gran Manzana, con la sombra de los rascacielos haciéndome sentir enorme e insignificante al mismo tiempo, sintiendo la vibrante vida de una ciudad que nunca duerme. La ciudad que pisaría por primera vez unos años después.

 

Esta es la Nueva York que PJ Harvey me hizo vivir con sus canciones. La gran urbe. La gran salida. La gran escapada. La buena fortuna nos trajo aquí, atraídos por las luces inmortales que nunca se apagan, que nunca descansan. Buscábamos un lugar al que llamar hogar y lo encontramos. Viajamos en una línea ascendente de emociones mientras caminábamos por las calles de Nueva York. No nos dábamos cuenta del lío en el que nos metíamos o simplemente mirábamos hacia otro lado. Daba igual. Vivíamos como kamikazes en la noche oscura del corazón. Nos sentíamos ridículos con este bello sentimiento invadiéndonos. Tú dijiste algo que nunca olvidaré. Esto es el amor. Lo vivimos como niños hambrientos de emociones. Soñando despiertos que huíamos como caballo salvajes, flotando en otra realidad mejor que esta, mientras las putas y los estafadores se hacían con la noche. Siempre Nueva York. Siempre PJ Harvey. Anabel Vélez

 

 

Uh Huh Her

   

Uh Huh Her

Island, 2004

 

“Uh Huh Her” fue el primer trabajo de PJ Harvey con el que trabaje como jefe de redacción en una revista. Fue el disco al que, seguramente, hice menos caso de toda la historia de la cantante inglesa. Sí, fue disco destacado en Go Mag, la publicación en la que trabajaba, pero yo en 2004 no creía que Polly Jean pudiera superar uno de sus trabajos más comerciales (el anterior “Stories From the City, Stories From the Sea”, que contienen dos de los mejores temas publicados de su historia: “Good Fortune” y “This is Love”), y menos con un disco tan parco y lo-fi como este “Uh Huh Her” donde la compositora británica se ocupó de todos los instrumentos menos la batería (en manos de Rob Ellis). Además, era su primer trabajo autoproducido (en solitario) desde los tiempos del “4-Track Demos”. Un par de años más tarde tardé en re-descubrí un trabajo enorme y que se convertiría en guía para otros grandes discos de Harvey como “White Chalk” o “Let England Shake”.

 

“Uh Huh Her” es el disco de autoconocimiento de Polly Jean Harvey, aquel que la convirtió en la enorme compositora que es hoy en día. Aunque ninguna canción brille más que muchos de sus rabiosos singles (ni “The Letter”, ni “Who the Fuck?”), el disco entero es un viaje a las raíces más terrenales de la artista y a aquel lado peligroso de la vida de sus dos primeros discos. También es una reinvención en crudo, con una cara B no ideal para adictos a la metadona gracias a esa tetralogía tan personal comandada por el jazz pantanoso de “It’s You”, el country fronterizo de “The End”, esa balada blues eterna llamada “The Desperate Kingdom of love” o los aires marinos y muy ingleses de “The Darker Days of Me & Him”, que parece grabada en el Bristol de Portishead. Manu González

 

 

White Chalk

 

White Chalk

Island, 2007

 

 

Recuerdo perfectamente el concierto de PJ Harvey el 13 de julio en el Festival Summercase de Barcelona. Recuerdo su vestido de novia blanca. Que tocó en la carpa más incómoda del festival, cuando su lugar era en los grande escenarios donde tocaron Arcade Fire. Ella lo pidió así y allí que nos apelotonamos un millar de gente para verla en solitario con una guitarra y un piano, y su vestido de novia. Todavía no había sido publicado “White Chalk” (faltaban unos dos meses), pero ya intuíamos que iba a ser el disco más privado y opaco de Polly Jean Harvey. En aquel concierto sonaron “The Devil” y “Silence”, pero el resto de hits como “Oh my Lover”, “Rid of Me”, “Man-Size” o “Dress” se habían whitechalkizado, se habían convertido en el material oscuro de los sueños de los trovadores ingleses.

 

El disco más británico de PJ Harvey no es oscuro, pero si gótico. Desde el piano y esas voces fantasmales que dan comienzo en “The Devil” hasta la tensión palpable en “The Piano”, “White Chalk” es como el reverso negativo del vídeo de “Imagine” de John Lennon. En vez de comenzar a oscuras, empieza luminoso en un viejo caserío abandonado británico y mientras Polly Jean Harvey canta los temas sentada en un sucio piano negro alguien va cerrando todos los ventanales hasta que PJ se queda solas, a oscuras, gritando al final de “The Mountain”, una de sus canciones más poderosas. Daniel Gómez

 

 

Let England Shake

 

Let England Shake

Island, 2011

 

Mientras me aclaraba la voz y marcaba el número larguísimo pensaba que no era lo mío estar nervioso por algo así, que aquello no era nada tan diferente a cualquier otra cosa; aunque lo fuera. Después de que alguien descolgara y me invitara a esperar con aquella educada asepsia británica, atravesé un limbo infinito de unos cuantos segundos de crepitaciones telefónicas, al final del cual encontraría la voz de Polly Jean Harvey saludándome por el nombre desde su señorial casa de Dorset.

 

"Let England shake" fue un disco increíblemente especial para mí, no únicamente por su mística musical imbatible y el retorno a la grandeza de la artista, sino porque además me permitió hablar por primera vez con PJ Harvey. Guardo difusos los contornos de aquella charla. Apenas recuerdo que surgieron algunas reflexiones poderosas bajo un velo distante y hermético, aquel tono casi mortuorio con el que la cantante me respondía lentamente. Me quedó clara una cosa: que, solo con su voz, Miss Harvey era capaz de convertir en diletante al más afanado experto.

 

Yo apenas había podido escuchar el disco un par de veces, por aquellos secretismos histéricos de las multinacionales, y había visto a PJ Harvey interpretar la canción que le da título en el show matutino de Andrew Marr, ni más ni menos que delante del primer ministro de Reino Unido, Gordon Brown. Con el solo sustento rítmico del sample de voces masculinas de una vieja canción, "you can't go back to Constantinopla", la artista se plantaba orgullosa en ese diminuto plató, arañando una auto-harpa y cantando con reverberaciones agudas y rotas, mientras lucía una extraña corona de plumas negras que la convertían en algo así como la reina madre de todos los cuervos del ancho mundo.

 

Cuando por fin pude escuchar el disco sin algún grado de urgencia o presión, pudo aflorar con gusto todo aquello que me atrapó desde un primer instante, un mar de texturas vaporosas, rítmicas desacostumbradas y entonaciones vocales embrujadas, capaces de hechizar incluso al más despistado. Como bien me corrigió ella misma en nuestra breve conversación, por mucho que aparezca en el título, Inglaterra no es la verdadera motivación del cancionero, ya que cualquier lugar del mundo encaja en el marco del disco. Las pupilas de PJ Harvey se nos clavan desde mil y una ventanas que muestran la decadencia antropológica, ya sea centrando la mirada en un viejo parque de atracciones o en una sien sobre el cemento. 

 

Después de años de toses y gritos y guitarrazos, de llevar a PJ en casetes y cd's y marcar y recordar con ella viajes y novias, este disco daba pie a volverme a enamorar de ella, con sencillos pasajes como ese “The last living rose”, que podría ser la canción más hermosa del mundo, la trascendencia con trompeteos decaídos de "The glorious land", o el lamento alienígena con ecos oníricos de “Written on the forehead”. 

 

Escucho ahora el disco de nuevo y trato de recordar la imagen mental que debía estar haciéndome de ella en el momento en que escuchaba su voz al teléfono, después de reseguir estas colinas melódicas: algo así como PJ Harvey en atuendo victoriano, a través de esa Inglaterra que hierve con olor a mantequilla caliente y sangre derramada, en ciudades remendadas a base de callejones de mentiras y rifles alineados. Albert Fernández

 

 

 

 

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