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FIB

Crónica emocional del FIB

21 años en la brecha

 

Javier Martín de Carpi

 

Paradigma de los festivales veraniegos nacionales, el FIB resiste contra viento y marea reinventándose año a año. Y es que lo que surgió como un oasis solo apto para una minoría de connoisseurs orgullosa de serlo, se fue convirtiendo con el tiempo en el escaparate donde tomar el pulso al universo pop (en todas sus diferentes acepciones), al negocio musical  y a una nueva forma de concebir el ocio juvenil. De oasis surgido a imagen y semejanza de la generación indie patria de los noventa a parque temático global para una generación sin prejuicios, el FIB cumple 21 veranos en plena forma. 

 

¿Escribir una crónica emocional (cuasi vital) del Festival de Benicàssim a estas alturas del partido? Eso es lo que pide mi jefe (¡4000 + 500 caracteres para ayer mismo!). Puede que el haber asistido ininterrumpidamente al FIB desde el año 1996 (es decir, desde la segunda edición) tenga algo que ver con dicha petición. Dios, ¿realmente han pasado ya 20 años de aquel rito iniciático que comenzó parte de una generación por esas fechas? Aunque cueste creerlo al contemplar la escena actual (no hay gran ciudad o punto turístico que no disfrute de algún evento denominado festival en algún punto cercano), España a mitad de los 90 era poco menos que un erial en lo referente a la escena pop independiente sensu estricto. Tras vivir los ochenta de adolescentes perpetuos con los ojos puestos en el pop británico, en los noventa nos sumergimos de lleno en una vorágine de actividad pop independiente que nos desbordaba y enardecía. Tiempos de Spiral(¡qué poco nos duró!), de Viaje a los Sueños Polares y del resurgir de la autogestión discográfica. Y en esto que nos enteramos que montaban un festival donde parecía que los programadores hubiéramos sido nosotros mismos…

 

Velocette FIB 1998

Javier con los Velocette en el FIB de 1998

 

Para un veinteañero de provincias, al que encima la vorágine nocturna de las nuevas salas de Madrid y Barna le quedaba bastante lejos (Zaragoza se esforzaba pero no les llegaba a la suela de los zapatos), estaba claro hacia donde dirigir los pasos a principios de agosto. Perdonamos el primer año maldiciendo las obligaciones (después de acabar la carrera de Medicina tocaba preparar el examen MIR), pero nos aventuramos de cabeza hacia la segunda edición. Y desde entonces, lo que parece un milagro al echar la vista atrás; sin haberme convertido nunca en un profesional del mundo de la prensa musical (amateur, siempre amateur), hemos vivido año a año desde primera línea el devenir de un festival que ha ido adaptándose al momento y mutando desde dentro. Porque en el FIB hemos gozado, hemos bailado, nos hemos perjudicado, hemos puesto en peligro nuestra integridad y hemos disfrutado como nunca. Lo hemos visto casi todo, hemos visto a casi todos (de bendecidas next big things a artistas en la cima de su popularidad, pasando por reuniones increíbles de mitos pretéritos de posters on the wall), hemos cambiado de ubicación, hemos vivido todo tipo de imprevistos (escenarios que se desploman o incendios cercanos) pero sobre todo hemos permanecido fieles (sin saber en ocasiones el porqué) a un festival que ha sobrevivido a muchos compañeros de generación (adiós Festimad, adiós Doctor Music…) incluso a los medios escritos por los cuales veníamos acreditados...

 

FIB 2014

Javier con uno de sus hijos en el FIB 2014

 

Y todo ello apostando desde el principio por un perfil bien definido (estricto y hermético inicialmente, amplio de miras y poliédrico posteriormente), frente a políticas estilo totum revolutum que pronto se demostraron menos consistentes y firmes. Y así entre FIB (Festival Independiente de Benicàssim) y FIB (Festival Internacional de Benicàssim), el festival por antonomasia de nuestro país ha ido manteniéndose en primera fila de los gustos y costumbres de su público. Por supuesto que a día de hoy pocas cosas son como lo fueron; el FIB creció, cambió de manos, se vistió de verde (FIB Heineken lo rebautizamos durante un tiempo), y se convirtió en un escaparate a imagen y semejanza de una audiencia británica de teenagers desbocados y ávidos de diversión desacomplejada (el culto al hype, al club de botellón, al rock hoolliganero y al casi todo vale). Sí, OK, todo ha cambiado mucho en este tiempo pero lo que no se le podrá negar nunca es ese no-sé-qué que mantiene la magia y la atracción como sólo él puede hacerlo. Y eso (¿nostalgia de lo que un día fue y de lo que un día fuimos?) podría explicar (o eso es lo que nos afanamos en creer), que nuestro FIB nos haya acompañado a lo largo de estas dos décadas a través de cambios vitales, sentimentales, laborales y familiares. Y es que cuando más difícil se hace mantener esa relación perpetua (“¿pero no te cansarás nunca de ir al FIB? ¡Pero si debes ser el padre de los que van!”) uno no puede dejar de caer en la tentación de realizar casi casi una traición. Sí, lo confieso, por momentos desee que al FIB se lo llevara por delante un maldito concurso de acreedores para así cerrar de un portazo y por causas mayores una relación tan perdurable como tóxica (muerto el FIB, uno podría ya dedicarse a la música en directo como hace la gente respetable; concierto urbano con hora de cierre compatible con coger el metro a casa). Pero si eso hubiera sido así, no me hubiera permitido, veinte años después de mi primera visita (Gallygows abriendo la tarde en el escenario pequeño), poder volver a vivir la magia del FIB con mi hijo pequeño de dos años.

 

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