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Adolf Wölfli

Devocionario Vol 4

Adolf Wölfli, Musique Brut

 

Francisco J. López

 

En el mundo del arte los adjetivos genio y loco han perdido en gran medida su valor primigenio por un uso excesivo e injustificado, convertidos ya en muletilla para describir a cualquier personaje extravagante. Pero si a alguien se le pueden aplicar esos calificativos con absoluta propiedad es a nuestro protagonista de este mes. La obra de Adolf Wölfli es tan inconmensurable que aún no ha sido catalogada en su totalidad. Y, dentro de ella, la faceta musical sigue siendo un enigma por resolver.

 

Adolf Wölfli nació en Berna en 1864 en el seno de una familia menesterosa. El menor de siete hermanos, quedó huérfano a los diez años y tuvo la clásica infancia desgraciada rodando por casas de acogida. De su vida adulta sabemos que, tras un fracaso amoroso que le marcó profundamente, pasó por el ejército y años después ingresó en prisión para cumplir una condena de dos años por abusos sexuales a unas adolescentes. Tras varios incidentes similares, siempre con menores, es finalmente internado en la Clínica Waldau de Berna donde se le diagnostica esquizofrenia y de donde ya no volverá a salir hasta su muerte en 1930, treinta y cinco años después. Durante este tiempo desarrolla una gran productividad y aprovecha cualquier papel a su alcance, generalmente páginas de periódicos, para dibujar y escribir textos y partituras musicales. Lamentablemente la mayor parte de sus obras primerizas fueron arrojadas a la basura por sus guardianes. Es a partir de la llegada al manicomio en 1908 del Dr. Morgenthaler, que le suministra el material de escritura que necesita y le anima a expresarse, cuando comienza su etapa de mayor creatividad. Se dedica entonces a componer una autobiografía dividida en varias partes a la que dedicaría la mayor parte de su vida: más de 25.000 páginas en 45 tomos encuadernados por el propio Wölfli que alcanzaban una altura de dos metros en el suelo de su celda.

 

Adolf Wölfli

 

La autobiografía se inicia con una expedición geográfica dirigida por Doufi (su apodo infantil) en la que se van sucediendo conquistas, guerras y otras aventuras, y en la que Doufi acaba transmutándose en el poderoso San Adolfo II. El título completo de la primera parte, que ella sola ocupa nueve tomos, es "Desde la cuna hasta la tumba; o, mediante trabajo y sudor, sufrimiento y terribles suplicios, incluso mediante la oración hacia la condenación. Recopilación de viajes, aventuras, calamidades accidentales, caza y otras experiencias de un alma perdida errante alrededor del Globo; o, un siervo de Dios sin cabeza es más miserable que el más miserable de los miserables". A ésta le siguieron otras con títulos afortunadamente más breves: "Libros geográficos y algebraicos", "Libros con canciones y danzas" y "Álbumes con danzas y marchas". Los tres últimos años de su vida los dedicó a la llamada "Marcha Funeral", la última parte de su autobiografía y también la más ambiciosa, una suerte de poema, romance o cantar de gesta que quedó inconcluso a su muerte, cuando alcanzaba ya las 3.080 páginas.

 

Adolf Wölfli

 

Siendo fascinante el contenido literario de esta gran obra, lo que ha impresionado a todo el que se acerca a ella es su valor pictórico. Wölfli es uno de los grandes artistas plásticos del siglo XX aunque todavía no se le haya dado el lugar que se merece, quizás porque la etiqueta de enfermo mental se antepone siempre a cualquier valoración objetiva. El propio Wölfli era consciente del valor de sus obras, y de hecho destinaba parte de su tiempo a producir lo que él llamaba obras comerciales, que no pertenecían a su ciclo autobiográfico y que eran vendidas a los visitantes del asilo, proporcionándole dinero para comprar tabaco y materiales de dibujo. De sus miles de dibujos ninguno tiene una intencionalidad representativa; hasta los elementos tomados de la vida real (caras, animales, edificios...) se adaptan a la estructura de la obra en un modo simbólico o decorativo, formando una unidad con textos y partituras. También solía añadir fotos y grabados recortados de revistas ilustradas, siendo en ese sentido un pionero del collage como forma artística (una composición de 1920 incluida en "Marcha Funeral" incorpora una lata de sopa de tomate Campbell's). Pese a todo, y aun teniendo a la comunidad dadaísta en pleno reunida en un cabaret de Zurich a un centenar de kilómetros de su celda, Adolf Wölfli no fue descubierto para el mundo artístico hasta 1945 y el honor corresponde al francés Jean Dubuffet, acuñador también del concepto de Art Brut, el arte creado fuera de los canales de la cultura oficial, en el que tiene un lugar destacado el de los enfermos mentales.

 

Adolf Wölfli

 

Frente a este reconocimiento de su obra plástica la faceta de músico de Wölfli ha quedado bastante eclipsada y sólo en la década de los setenta algunos investigadores empezaron a interesarse por su universo sonoro, oculto en miles de partituras dispersas por sus páginas. Uno de los problemas es la dificultad de descifrar su sistema de notación. Por ejemplo utiliza pentagramas de seis líneas (hexagramas habría que llamarlos) en los que aparecen simultáneamente claves de fa y de sol sin ninguna indicación sobre el tiempo. Curiosamente en los dibujos de la primera época (1903-1907) ya aparecen estos hexagramas aunque vacíos, y poco a poco van poblándose de notas (nunca redondas ni blancas) hasta tomar el protagonismo en sus últimas obras.

 

El primer disco grabado con obras de Wölfli data de 1978 e incluye algunos poemas recitados por el psiquiatra Fred Singeisen que llegó a conocerle personalmente (era hijo de aquel Dr. Morgenthaler que le animó a seguir dibujando) por lo que podía ofrecer una aceptable imitación de sus características inflexiones vocales. Se trata de auténtica poesía fonética en los que se mezcla el idioma alemán con el  dialecto bernés y frecuentes incursiones en la glosolalia, algo que empezaban a hacer por entonces los dadaístas con el sano propósito de épater le burgeois; recordemos la famosa "Ursonate" de Kurt Schwitters, contemporánea de la obra de Wölfli. Este mismo disco incluye también transcripciones de sus partituras con una instrumentación de época: clarinete, violín y acordeón. Las piezas son, como indican los títulos de sus libros, marchas y danzas (polkas, mazurcas, valses...) con reminiscencias folklóricas, un contrapunto muy sencillo y algún patinazo armónico si aplicamos el canon clásico. Las polkas podrían pasar perfectamente por temas de Pascal Comelade.

 

Adolf Wölfli

 

El enigma surge cuando nos enteramos de que Wölfli no tenía estudios de música y sólo asistió a la escuela primaria; posiblemente allí, o en el coro de la parroquia, adquiriera las nociones básicas (aunque incorrectas) sobre notas y pentagramas. El autor que mejor ha estudiado hasta ahora su obra musical, el belga Baudouin de Jaer, apunta la hipótesis de que muchas de sus piezas pudieran ser copias de un libro de transcripciones para piano de marchas militares, pero lo cierto es que no llega a demostrarlo. Y es que llama la atención que Wölfli no hiciera borradores, sino que dibujaba directamente las partituras con gran decisión, escribiendo las notas en una dirección y, al llegar al final del hexagrama, continuando en sentido contrario. Y ciertamente sabía lo que hacía pues testimonios de la época lo describen interpretando su música con trompetillas de papel que el mismo se fabricaba, imagen viva del clásico loco del tebeo, por si hubiera dudas sobre su cordura. Las tesis de de Jaer las publicó el sello Sub Rosa en un precioso libro-disco ("The Heavenly Ladder", 2011) que incluye un CD con transcripciones para violín (el instrumento que más aparece en sus dibujos) interpretadas por el propio autor.

 

 

Con todo, el disco más interesante de los publicados con música de Adolf Wölfli es el que grabó en 1986 Graeme Revell para su sello Musique Brut con el título "Necropolis, Amphibians & Reptiles". Aunque en la actualidad se dedique a componer bandas sonoras marrulleras para blockbusters, Revell fue a finales de los setenta uno de los pioneros de la música industrial con su proyecto SPK, y su producción discográfica de los ochenta es merecedora ella sola de un Devocionario. La fascinación por la locura le viene de antiguo, ya que antes de formar la banda trabajó como enfermero en un hospital psiquiátrico en Sidney. De hecho el acrónimo SPK se corresponde con las siglas del Sozialistisches Patienten Kollektiv, una organización de carácter situacionista que surgió en Alemania ligada al movimiento de la antipsiquiatría. Quizás por eso su acercamiento a la música de Wölfli no es tan estricto como los anteriores sino que indaga más en el contexto, gráfico y literario, en el que se dibujaron las partituras. Así, a cada obra le da un tono (oriental, religioso, militar...) relacionado con el pasaje de la autobiografía con el que se relaciona. La instrumentación es también mucho más rica, con bases electrónicas e incluyendo sonidos de animales u objetos (pájaros, ranas, campanas...) que aparecen en las pinturas.

 

Este abordaje que a primera vista puede parecer poco riguroso, entronca sin embargo con los planteamientos más avanzados de la música contemporánea de la segunda mitad del siglo XX; por ejemplo con el uso que hacen compositores como Cardew de elementos gráficos en sus partituras o las instrucciones verbales de Cage sobre las que improvisa el instrumentista. De este modo las piezas de Wölfli adquieren otra dimensión que escapa de la mera curiosidad histórica. Todas tienen entidad propia, e incluso algunas se acercan al sonido electrónico neoclasicista que se puede escuchar en "Zamia Lehmanni" (1986), disco que marcaría una nueva orientación de SPK previa a su disolución. Hay que añadir que "Necropolis, Amphibians & Reptiles" incluye también interpretaciones de la música de Wölfli, más libérrimas aún,a cargo de Nurse With Wound y el colectivo francés Déficit Des Années Antérieures. Los temas de Graeme Revell los reeditó en 1994 Mute Records en un CD que contenía además su LP "The Insect Musicians", un extraordinario trabajo elaborado a base de sonidos de insectos. Una verdadera lástima lo de este muchacho, cómo se ha echado a perder...

 

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Francisco J. López

Nacido en Sevilla en los sesenta, descubrió la música moderna con el rock progresivo y eso le marcó de por vida. Empezó escribiendo para fanzines y revistas locales de efímera existencia como Nueva Música. En los ochenta montó en compañía de otros la promotora de conciertos Producciones Informales, igualmente efímera. Bajo el alias de Profesor Franz colaboró durante algún tiempo en Canal Sur Radio, y con ese mismo seudónimo desarrolló una (efímera) carrera de disc-jockey. Ha escrito de música para Go Mag y Diario de Sevilla, entre otros medios. Lleva la comunicación del sello Knockturne Records y se gana la vida como profesor de universidad. 

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