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Tangerine Dream

¿Sueñan las mandarinas con sonidos electrónicos?

 

Francisco J. López

 

Edgar Froese, fundador de la banda Tangerine Dream y pionero de la música electrónica falleció el pasado 20 de enero en Viena a los 70 años de edad. La noticia fue anunciada en la web de la banda alemana en un comunicado en el que salía una frase que Froese decía muy a menudo. "No existe la muerte, sólo cambiamos de dirección cósmica". La historia de los grandes grupos de rock progresivo o sinfónico pasa, indefectiblemente por una serie de fases: primeros tanteos con una propuesta interesante aunque poco definida; luego, como surgida de la nada, la obra maestra, a la que siguen una serie de discos en los que el estilo se define y deja su huella: es la época dorada; para acabar finalmente en el pastiche, en la redundancia, en una prolongada aunque lucrativa decadencia. Así es también la de Tangerine Dream y se la vamos a narrar.

 

Cuenta una piadosa leyenda que en 1966 un joven Edgar Froese actuó con su banda de entonces, The Ones, en Cadaqués ante el mismísimo Salvador Dalí, y de tal manera le marcó ese encuentro que de ahí partió el impulso que ha guiado toda su posterior carrera artística. Hasta aquí la leyenda. Sin querer resultar impíos quizás el genio ampurdanés también le inspirara durante la epifanía que si uno es capaz en algún momento de crear una obra personal e interesante luego siempre puede vivir de las rentas, ya que el público no suele distinguir quintaesencias de fárragos.

 

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Mitos aparte, es en Berlín donde la historia comienza realmente. Froese, estudiante de arte, diseñador y guitarrista, empieza a frecuentar el Zodiak Free Arts Labs, un espacio fundado por Conrad Schnitzler y Hans-Joachim Roedelius donde los músicos locales podían permitirse unas jam sessions en las que el free jazz y la psicodelia sonaban hasta altas horas de la madrugada. Fue en estas farras y con músicos cambiantes casi a diario cuando nació Tangerine Dream. En su primera formación estable estaban, además de Froese a la guitarra y órgano, Schnitzler al violonchelo (aunque carecía de formación musical), y un batería llamado Klaus Schultze. Con ellos grabó en 1968 para el sello Ohr el primer LP de la banda, "Electronic Meditation", un trabajo irregular en el que se alternan la improvisación rock con la cacofonía atonal y que a ratos suena bastante a los Pink Floyd de "A Saucerful of Secrets", una influencia ésta reconocida siempre por el propio Froese.

 

Después de "Electronic Meditation" el grupo se disuelve. Klaus Schulze se marcha primero con Manuel Göttsching a grabar el primer disco de Ash Ra Tempel para centrarse luego en su carrera de intérprete y compositor electrónico, productiva como pocas y wagneriana como ninguna. Por su parte, Conrad Schnitzler, para muchos quien realmente abrió los ojos a Froese y le mostró el camino a seguir, tras fundar Kluster junto a Roedelius y Moebius acabó aceptando su incapacidad para acoplarse a la disciplina de un grupo y se retiró a servir de modelo a la vanguardia a base de experimentos sonoros de limitadísima tirada comercial.

 

Tras la desbandada, Froese recompone el grupo con Steve Schroyder al órgano y el percusionista Chris Franke que venía de Agitation Free. Con la nueva formación y algunos músicos invitados graba el single "Ultima Thule" y el LP "Alpha Centauri" (1971), discos en los que, si bien no es capaz aún de deshacerse del influjo pinkfloydiano, ya va siendo evidente una deriva hacia terrenos más experimentales. Los temas son largas improvisaciones muy basadas en los teclados, que todos dominan y simultanean con sus otros instrumentos; se hacen presentes los primeros y primitivos sintetizadores y hay además un mejor aprovechamiento de los recursos del estudio. Como estábamos en plena carrera espacial no le hizo falta mucha imaginación al crítico que empezó a calificar esta música de "cósmica". Curiosamente, y para la marcianada que era, el disco se vendió muy bien en Alemania.

 

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Al año siguiente, en plenas sesiones de grabación de lo que luego sería "Zeit", Schroyder abandona la banda para unirse a Ash Ra Tempel. Como no hay mal que por bien no venga entra a sustituirle Peter Baumann, quien se convertirá en el tercer miembro de la formación clásica que se mantendrá durante toda la edad de oro. "Zeit" (1972) es para el sector más severo de la crítica su magnum opus, su cima creativa. Un doble LP, setenta y seis minutos repartidos en cuatro temas, uno por cada cara. Para el primer movimiento se hacen acompañar, sorprendentemente, de un cuarteto de cuerdas que refuerza el tono solemne y elegíaco de la obra. También incorporan por primera vez a su arsenal de instrumentos electrónicos, por cortesía de su amigo Florian Fricke, un sintetizador Moog modular, que pasaría a ser en adelante la imagen más distintiva del grupo.

 

"Zeit", a pesar de sus innegables hallazgos, no es un disco fácil. Puede permanecer estático e inmóvil durante largos minutos y de pronto, en un instante, ruge como si se levantara el viento sobre la superficie de un planeta desértico. Es una obra que se adelanta a su tiempo y que anticipa formas y modos que desarrollaría la música industrial más oscura en los ochenta. De hecho, años después, cuando Tangerine Dream era ya una banda con éxito comercial, Virgin reeditó el disco para el mercado mundial y fue rechazado por sus fans, que no se identificaban con esos pasajes fúnebres, acostumbrados como estaban al sonido brillante que en aquel momento caracterizaba al grupo.

 

Por entonces, los taxonomistas ya disponían de argumentos para diferenciar en el rock alemán una escuela berlinesa (Tangerine Dream, Klaus Schulze, Ash Ra Tempel) más cósmica y volandera, frente a la de Düsseldorf (Kraftwerk, Neu!, La Düsseldorf), más industriosa y motorizada. Sin embargo, lo que se muestra en "Zeit" tiene muy poco que ver con el rock, aunque siga usando aún sus cauces de comercialización. Es un nuevo género, más cercano a la música electrónica que por entonces se hacía en los cenáculos académicos europeos, pero con una mayor libertad formal y con el respetable propósito de llegar a una audiencia más amplia que el restringido círculo de iniciados. 

 

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Con el listón colocado a semejante altura, el riesgo de no dar la talla en el siguiente trabajo era evidente, y tampoco era fácil predecir cuál sería el camino a seguir por la banda. Por eso "Atem" (1972) sorprendió a propios y extraños. Algunos vieron una vuelta atrás, a los planteamientos de "Alpha Centauri", pero no hay tal. El disco era un paso adelante en la buena dirección; de hecho es el que más se aproxima a los sonidos de las vanguardias académicas de la época. Aunque se abra con fanfarrias y percusiones al modo del rock sinfónico, pronto el exceso da paso a la contención y la sensación predominante es de sobriedad calculada. Es también el primero de sus trabajos donde aparece el mellotron, del que hacen un uso excelente, sobre todo en "Fauni-Gena", un singular apunte impresionista que habría encantado al mismísimo Debussy.

 

Que un trabajo tan lejos de los parámetros comerciales fuera elegido en 1973 disco del año por John Peel es una prueba del valor y la clarividencia del tristemente fallecido locutor de la BBC, el mismo que cuatro años después franquearía el paso a los gamberros del punk que venían a barrer a todos esos hippies acomodaticios con sus sintetizadores y sus mansiones en Suiza. No le vino mal al grupo la publicidad ya que le proporcionó un suculento contrato con Virgin que le abriría a su vez las puertas de un mercado mucho más amplio. Cuál habría sido su evolución artística si no hubieran fichado por la escudería de Richard Branson es arriesgado de aventurar. Es cierto que durante estos Virgin Years Tangerine Dream grabó los tres discos canónicos por los que pasará a la historia de la música, pero también en ellos empezó su ocaso creativo. Quizás el sello imprima carácter porque la estrella que más contribuyó a su solidez económica en los primeros momentos, Mike Oldfield, también hizo tres discos memorables antes de entrar en la próspera decadencia.

 

En cualquier caso en 1974 se edita "Phaedra" en el que finalmente consiguen lo que cualquier músico busca y sólo encuentran unos pocos: un sonido propio, identificable y original. El secreto es el ritmo, prácticamente ausente o difícil de aislar en sus trabajos anteriores, que ahora es creado mediante secuenciadores y pasa a primer plano. Ese sonido pulsátil se convertirá en la marca de la casa, llevándose a extremos agotadores en las décadas siguientes. Como si no quisieran apostarlo todo a una sola carta estilística, en el segundo tema del disco, "Mysterious Semblance at the Strand of Nightmares", no hay secuencias rítmicas sino que es todo él un paseo mellotrónico por el romanticismo germánico más desaforado. Para contento del grupo y del señor Branson el disco se coloca entre los más vendidos del año en Reino Unido.

 

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El segundo trabajo para Virgin fue "Rubycon" (1975), el que para muchos es el mejor disco de su carrera, aunque aquí lo dejaremos tan sólo en el más representativo. Si no se ha escuchado a Tangerine Dream habría que empezar por él. Un sólo tema en dos partes, un paisaje sonoro entre bucólico y feérico cruzado por secuencias rítmicas. Uno de los discos más bellos que jamás se hayan grabado y que no ha perdido ni un ápice de interés con el tiempo. El mismo esquema utilizan en "Ricochet", grabación en vivo publicada el mismo año. Los directos del grupo en esta época eran básicamente improvisaciones: alguien empezaba creando una atmósfera a base de sintetizadores y mellotron, hasta que saltaba la primera secuencia rítmica, que tenía que ser variada manualmente cada cierto tiempo. La imagen que ofrecían tres hirsutos teutones cambiando constantemente las clavijas de esa especie de centralita telefónica a la que se asemejaban las pilas de módulos de sintetizadores no debía de ser muy entretenida, pero el resultado musical era espectacular y "Ricochet" sigue siendo un documento excepcional.

 

Y aquí prácticamente acaba nuestra historia. No obstante, y antes de terminar, hay que hacer mención a la carrera de Froese en solitario que también cuenta con un par de obras notables en esos años: "Aqua" (1974), el primero y más interesante, muy experimental, con sonidos líquidos fantasmagóricos que fluyen de un canal a otro del estéreo (recomendaban escucharlo con auriculares); y "Epsylon in Malaysian Pale" (1975), una larga suite pastoral en una línea similar a "Rubycon".

 

En el siguiente disco oficial como banda, "Stratosfear" (1976), Tangerine Dream perdió definitivamente el norte. Guitarritas, efectismo barato y, lo que es mucho peor, melodías pegadizas que acabarán sirviendo de sintonías de noticieros televisivos, convirtieron a este cúmulo de banalidades en superventas y también marcaron el comienzo de una decadencia que, más de treinta años y un centenar de discos después, aún no ha tocado fondo. ¡Lo que da de sí un encuentro con Dalí!

 

 

 

Comentarios
Francisco J. López

Nacido en Sevilla en los sesenta, descubrió la música moderna con el rock progresivo y eso le marcó de por vida. Empezó escribiendo para fanzines y revistas locales de efímera existencia como Nueva Música. En los ochenta montó en compañía de otros la promotora de conciertos Producciones Informales, igualmente efímera. Bajo el alias de Profesor Franz colaboró durante algún tiempo en Canal Sur Radio, y con ese mismo seudónimo desarrolló una (efímera) carrera de disc-jockey. Ha escrito de música para Go Mag y Diario de Sevilla, entre otros medios. Lleva la comunicación del sello Knockturne Records y se gana la vida como profesor de universidad.