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Robin Williams

Una reivindicación en diez películas

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Nada hay tan difícil como abocar a la carcajada. Sin embargo, muere alguien que lo hacía (con extrema asiduidad, además) y varias son las voces que se levantan para negarle una condición tan evidente como la de actor (incluso si llevaran razón, por cierto, esta se vería atenuada por el pésimo momento escogido para expresarla). Ello nace de un prejuicio recurrente, la infravaloración de la comedia ante el drama, que se ve agravado, en el caso de Robin Williams, por otras virtudes cargadas de ambigüedad: su larga exposición al público (casi cuatro décadas de carrera cinematográfica y televisiva), su recurrente dedicación al ámbito infantil (no, ni “Jumanji” ni “Flubber” eran para vosotros) y, sobre todo, su naturaleza tremendamente emotiva. Si el humor es una categoría aparentemente menor, cualquier añadido sentimental conduce al juicio sumarísimo, y flaco favor le hacen al actor quienes han convertido algunas de sus declaraciones en máximas facebookeras cercanas al paulocoelhismo.

 

En otro orden de circunstancias afeables, ignoro si Robin Williams era bipolar o depresivo o padecía la enfermedad de Parkinson. Supe de sus problemas con el alcohol y las drogas pero poco, muy poco, me importan en este momento. Los divorcios, los consiguientes problemas económicos, las circunstancias concretas de su muerte… no hay por qué chapotear en el lodazal del amarillismo. Lo único que está en nuestra mano evaluar es una trayectoria con cerca de un centenar de producciones y, esgrimiendo sentidamente esta colección de diez títulos fílmicos, reconocer los pequeños tics tanto como celebrar las grandes consecuciones de un cómico único y un intérprete en absoluto desdeñable; de un hombre que, ante todo, supo hacernos reír y sentir: no es escaso legado. Por Milo J. Krmpotic'

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10 - “El rey pescador” de Terry Gilliam (1991)

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Robin Williams fue dueño de un desbordante talento natural, que fluía con una velocidad insólita incluso en un ámbito tan afín a la improvisación y necesitado de agilidad como es el de la comedia. Pero esa cualidad tiende a requerir de ciertas barreras y Terry Gilliam, realizador desatado donde los haya, no supo o no quiso establecerlas. La tercera nominación al Oscar para el actor, gracias a su papel de pordiosero obsesionado con el mundo artúrico, se sube a la montura del exceso pero nos ensarta finalmente gracias a la poderosa humanidad que transmite.

 

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9 - “Hook” de Steven Spielberg (1991)

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Tras la bastante menor “Para siempre”, Spielberg regresó a la superproducción infantil con una revisión de la historia de Peter Pan en la que Williams ejerció de adulto ignorante de haber sido El Niño Que No Quería Crecer, rol que le permitió mostrar su cara más seria y repeinada para, a continuación, embutirse en unas mallas verdes y dar volteretas junto a una Campanilla con los rasgos de Julia Roberts, huyendo siempre del garfio de Dustin Hoffman. No fue “Los Goonies”, pero tampoco invitó a abandonar el cine renegando del País de Nunca Jamás.

 

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8 - “Popeye” de Robert Altman (1980)

 

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El Globo de Oro obtenido por el papel de extraterrestre catódico en “Mork & Mindy” bendijo su salto a la gran pantalla como el marinero de los antebrazos de hierro, ingesta compulsiva de espinacas mediante. La curiosidad del asunto aumenta cuando encontramos a todo un Robert Altman a cargo del timón de una nave cuyo respeto hacia las tiras cómicas originales debió de dejar a Williams con una señora contractura de entrecejo.

 

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7 - “Los buenos tiempos” de Roger Spottiswoode (1986)

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Una debilidad personal, cabe admitirlo, pero también un producto la mar de correcto, con guión de Ron “Los Búfalos de Durham” Shelton y dirección de Roger “Bajo el fuego” Spottiswoode. Tras más de una década ejerciendo de vergüenza local por haber dejado escapar un pase perfecto en el último minuto de un decisivo encuentro de fútbol americano, Williams sueña con una segunda oportunidad, pero para ello debe embarcar en el proyecto al quarterback Kurt Russell. Una historia sencilla pero, gracias a la dolorosa fragilidad que desprende el personaje, también bastante más crítica con la mentalidad USA de lo que podría en un principio parecer.

 

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6 - “El indomable Will Hunting” de Gus Van Sant (1997)


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El Will Hunting del título (Matt Damon) tiene madera de genio de las matemáticas, pero insiste en quemarla con sus actitudes pendencieras y Williams pasa a ejercer de psicólogo-apagafuegos. Su Sean Maguire es, si se quiere, la consecución lógica del profesor John Keating de “El club de los poetas muertos”, y el Oscar al mejor secundario vino a reconocer lo bien que le sentaba una barba poblada a esa figura de mentor dispuesto a poner toda la carne emotiva en el asador por el bien de su pupilo (no se pierdan la emoción de Billy Crystal durante la entrega de la estatuilla).

 

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5 - “El club de los poetas muertos” de Peter Weir (1989)


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Por alusiones… John Keating es un profesor de literatura con un librillo demasiado libertario para el colegio de Nueva Inglaterra que lo acoge, pero un grupo de alumnos liderado por Ethan Hawke tomará debida nota de sus enseñanzas y se lo agradecerá con un zapateado sobre sus pupitres. La escena final sigue poniendo la piel de gallina a unos, provocando resoplidos en otros, pero no lograría ni una cosa ni la otra sin la entrañable interpretación de Williams, que tres años antes había dado vida a Tommy Wilhelm en la adaptación de, precisamente, el “Carpe diem” de Saul Bellow.

 

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4 -“Un ruso en Nueva York” de Paul Mazursky (1984)

 

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La peripecia de un saxofonista soviético que decide desertar durante una gira norteamericana puede resultar un tanto evidente en su buenismo (se hace amigo de un vigilante de seguridad afroamericano, se enamora de una inmigrante italiana…), pero condensa a la perfección el universo Williams en su presentación de chispas hilarantes sometidas a circunstancias más poderosas y ciertamente dramáticas: el Sueño Americano será agridulce o no será. Paul Mazursky, a todo ello, también nos dejó durante el verano de este 2014.

 

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3 -“El mundo según Garp” de George Roy Hill (1982)

 

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Claro que no hay vaivenes como los que John Irving depara a sus personajes: transexualismo, repetidos encuentros con plantígrados, lucha libre y, en este caso concreto, el más doloroso episodio de sexo oral jamás narrado. Tras “Popeye”, Williams brillaba ya como chico prodigio (e hijo sometido a las teorías eróticas de su feminista progenitora –Glenn Close–) como punta de lanza del antepenúltimo film del firmante de “Dos hombres y un destino”, “El golpe”, “Matadero Cinco”, “El castañazo”, “La chica del tambor”

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2 - “Insomnio” de Christopher Nolan (2002)


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He aquí la principal prueba de la defensa, la sublimación de lo anticipado brevemente en “Morir todavía” y de lo mostrado ese mismo 2002 en “Retratos de una obsesión”: Robin Williams también sabía transitar el lado oscuro. Cierto es que el clown que deja súbitamente de sonreír resulta de por sí turbador, pero sus villanos exhibían la misma intensidad (aquí inhumana) que sus personajes más inspiradores. ¿Y cuántos pueden presumir de haberle quitado el sueño a todo un Al Pacino, eh?

 

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1 - “Good Morning, Vietnam” de Barry Levinson (1987)


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Antes de atemperar mentes prodigiosas y tutelar espíritus juveniles con versos de Whitman, Robin Williams había sido capaz de hacer reír a las tropas estadounidenses desplegadas en Vietnam con la voz del locutor Adrian Cronauer, otro outsider maltratado por la oficialidad. Si cada segundo que el cómico pasa ante el micro es puro delirio, el carácter bélico de su contexto histórico presta a la película una resonancia que no acababa de existir en “El club de los poetas muertos”. Sin caer en la lagrimita, hay melancolía (ahora mismo doblemente) trágica en las palabras que cierran la película: “I hope… I hope we all could”.

 

Comentarios
Milo J. Krmpotic’

Milo J. Krmpotic’ debe su apellido a una herencia croata, lo más parecido en términos eslavos a una tortura china. Nacido en Barcelona en 1974, ha publicado contra todo pronóstico las novelas “Sorbed mi sexo” (Caballo de Troya, 2005), “Las tres balas de Boris Bardin” (Caballo de Troya, 2010), “Historia de una gárgola” (Seix Barral, 2012) y "El murmullo" (Pez de Plata, 2014), y es autor de otras tres obras juveniles. Fue redactor jefe de la revista Qué Leer entre 2008 y 2015, y ejerce ahora como subdirector del portal Librújula. Su firma ha aparecido también en medios como Diari Avui, Fotogramas, Go Mag, EnBarcelona, las secciones literarias del Anuari de Enciclopèdia Catalana

 

milo@blisstopic.com

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